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Depredadores: una respuesta (Jeff McMahan, septiembre 2010)

Jeff McMahan es profesor de filosofía en la Universidad de Rutgers y colaborador honorífico del Center for Human Values en la Universidad de Princeton. Es autor de varios trabajos sobre ética y filosofía política, incluidos “The Ethics of Killing: Problems at the Margins of Life” (“La ética del asesinato: problemas en los márgenes de la vida”) y “Killing in War” (“Matar en la guerra”). Después de que The New York Times publicara su artículo “The Meat Eaters” (“Los carnívoros”) en el que abordaba cuestiones éticas sobre el problema de la depredación[1], McMahan respondió a algunos comentarios mediante el siguiente artículo titulado “Predators: A Response”  (“Depredadores: una respuesta”).

Nota: La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente que compartamos todas y cada una de las cuestiones expresadas por el mismo; sin embargo, consideramos interesante su publicación por la aportación que puede hacer a la causa del movimiento por los Derechos Animales (derecho a la salud y a la vida).



Hay algunas respuestas a los argumentos de mi publicación que se repiten con una frecuencia sorprendente a lo largo de los comentarios. Las siguientes cuatro objeciones, listadas en orden de su frecuencia relativa de aparición, son las más comunes.

1. Si los depredadores fueran a desaparecer de una cierta región, las poblaciones herbívoras en ese área se expandirían rápidamente, reduciendo la vegetación comestible, y, de ese modo, provocando finalmente más muertes entre los herbívoros por inanición o enfermedad que la que de otro modo sería producida por depredadores. Y la inanición y enfermedad normalmente suponen más sufrimiento que ser despachado rápidamente por un depredador.
2. ¿Deberían los seres humanos ser los primeros en desaparecer?
3. ¿Qué hay del sufrimiento de las plantas?
4. ¿Qué hay de las bacterias, virus e insectos?

Mi propia respuesta se centrará principalmente en la primera de estas objeciones y en las maneras en que el argumento podría continuar después de que la objeción haya sido indicada.

En los párrafos sexto, séptimo y octavo de mi artículo original, anticipé la primera objeción. Escribí:

Supón que pudiéramos organizar la extinción gradual de las especies carnívoras, reemplazándolas por herbívoras. O supón que pudiéramos intervenir genéticamente, para que las especies actualmente carnívoras evolucionaran gradualmente a herbívoras, realizando así la profecía de Isaías. Si pudiéramos traer el fin de la depredación por uno u otro de estos medios con un pequeño coste para nosotros mismos, ¿deberíamos hacerlo?

Por supuesto, reconozco que sería imprudente intentar dichos cambios dado el estado actual de nuestros conocimientos científicos. Nuestra ignorancia de las ramificaciones potenciales de las intervenciones en el mundo natural permanece profunda. Los esfuerzos por eliminar ciertas especies y crear nuevas tendrían muchos efectos imprevisibles y potencialmente catastróficos.

Quizá uno de los escenarios más benignos es que la acción para reducir la depredación crearía un distopía maltusiana en el mundo animal, con tasas de nacimiento más altas entre los herbívoros, superpoblados, y recursos insuficientes para sostener las poblaciones más grandes. En lugar de ser matados rápidamente por depredadores, los miembros de las especies que una vez fueron presas morirían lenta y dolorosamente, y en un número mayor, de inanición y enfermedad.

Después de presentar la objeción, volví a ella seis veces en el curso de las 1.900 palabras restantes del artículo. Esas referencias acentúan típicamente que mi argumento toma una forma condicional, esto es, mi argumento tiene implicaciones prácticas solo si pudiéramos tener un alto grado de confianza en que los problemas del tipo que identifiqué podrían ser evitados. Pero se presenta esta misma objeción repetidas veces en los comentarios, normalmente con lamentos sobre mi terrible ignorancia en biología y ecología, como si no fuera consciente de que hay una refutación obvia y devastadora de todo lo que había dicho. Volveré a este hecho sobre la naturaleza del comentario al final de esta respuesta.

Entre aquellos comentaristas que realmente leyeron el artículo, y, por lo tanto, eran conscientes de que había reconocido la objeción, unos pocos llevaron el argumento un paso más lejos. Comprendieron que mi argumento era condicional, pero afirmaron que la condición relevante nunca podría ser obtenida. Sostuvieron que nunca seremos capaces de eliminar la depredación sin producir una disrupción ecológica catastrófica y, por lo tanto, incluso más sufrimiento de que podríamos haber prevenido. Si tienen razón, mi artículo quizás presenta un interesante experimento mental que podría habernos llevado a reflexionar sobre nuestros valores (aunque no lo hizo), pero está en esencia vacío de significado práctico. Estos lectores fueron demasiado educados como para señalar que su predicción también pone a Isaías a una luz bastante decepcionante en su rol como profeta.

Sin embargo, mi asunción en el artículo era que nuestra comprensión de las ciencias biológicas y ecológicas bien podría avanzar más allá de lo que hoy consideramos posible. Esto ha ocurrido repetidamente en la historia de la ciencia, como cuando Rutherford, el primero en separar el átomo, dijo en 1933 que todo el que pensara que la separación del átomo podría ser una fuente de poder estaba diciendo “sandeces”. Dado que no podemos tener la certeza de que nunca seremos capaces de reducir o eliminar la depredación sin desastrosos efectos secundarios, es importante pensar con antelación sobre cómo podríamos de manera prudente emplear un poder de intervención más refinado si fuéramos capaces de adquirirlo.

Parece, además, que mi argumento tiene alguna relevancia para las elecciones que debemos hacer incluso ahora. Hay algunas especies de grandes animales depredadores, como el tigre siberiano, que están actualmente en peligro de extinción. Si no hacemos nada para preservarlo, el tigre siberiano como especie podría extinguirse pronto. El número de tigres siberianos extintos ha sido bajo durante un tiempo considerable. Cualquier disrupción ecológica ocasionada por su cantidad menguante ha ocurrido en gran parte o está ya ocurriendo. Si su número en la naturaleza declina de varios cientos a cero, el impacto de su desaparición en la ecología de la región será casi insignificante. Supón, sin embargo, que pudiéramos repoblar su amplio hábitat anterior con tantos tigres siberianos como había durante el período en el cual crecieron en gran número, y que esa población pudiera ser sostenida de manera indefinida. Eso supondría que los animales herbívoros en el área repoblada extensiva vivirían de nuevo, y por un tiempo indefinido, con miedo, y que un número incalculable moriría con terror y agonía mientras fuera devorado por un tigre. En un caso como este, podemos en efecto enfrentarnos al tipo de dilema sobre el que llamé la atención en mi artículo, en el cual hay un conflicto entre el valor de preservar especies existentes y el valor de prevenir el sufrimiento y la muerte prematura de una enorme cantidad de animales.

Muchos de los comentaristas dijeron, en efecto: “Deja a la naturaleza sola; el curso de los eventos en el mundo natural será mejor sin intervención humana”. Dado que los esfuerzos por repoblar su hábitat original con grandes cantidades de tigres siberianos podría requerir una intervención masiva en la naturaleza, este punto de vista anti-intervencionista podría implicar en sí mismo que deberíamos permitir que el tigre siberiano se extinga. Pero supón que los tigres siberianos restauraran finalmente por sí solos su anterior número si los seres humanos simplemente los dejaran solos. Supongo que la mayoría de la gente encontraría eso deseable. ¿Pero es así porque nuestros prejuicios humanos nos ciegan ante la importancia del sufrimiento animal? Los tigres siberianos no son, de hecho, particularmente agresivos hacia los seres humanos, pero pongamos por caso que lo fueran. Y supón que hubiera grandes cantidades de personas pobres viviendo en condiciones primitivas y vulnerables en las áreas donde los tigres siberianos podrían resurgir, por lo que muchas de estas personas estarían amenazadas de mutilación y muerte si los tigres no se extinguieran o no se los mantuviera en cautividad. ¿Aún dirías “deja a la naturaleza sola, deja que los tigres redoblen sus anteriores hábitats”? ¿Y si tú fueras una de las personas en la región, por lo que tus hijos o nietos podrían estar entre las víctimas? ¿Y cuál sería tu reacción si alguien abogara por la proliferación de tigres al señalar que sin tigres para mantener la población humana bajo control, tú y los otros criaríais de manera incontinente y sobrecultivaríais la tierra, por lo que finalmente tu población tendría que ser controlada por el hambre y la epidemia? Podrían decir que es mejor dejar que la naturaleza haga el trabajo de diezmar a la multitud humana en tu región por medio del tigre siberiano. ¿Estarías de acuerdo?

De hecho, no podemos dejar a la naturaleza sola. Somos partes de ella, tanto como cualquier otro animal. De manera más importante, no podemos ayudar sino tener un impacto masivo y omnipresente en el mundo natural dada nuestra cantidad. Las prácticas agrícolas necesarias para nuestra supervivencia constituyen una invasión continua y la ocupación de tierras habitadas previamente por otros. Una sugerencia explícita de mi artículo era que sería mejor intentar controlar nuestro impacto en el mundo natural de una manera decidida, guiada por la inteligencia y los valores morales, incluyendo el valor del sufrimiento decreciente, más que continuar permitiendo que la manera en que afectamos al mundo natural, incluyendo la extinción de especies, esté determinada por la inadvertencia ciega (como, por ejemplo, en el caso de muchas extinciones de especies animales que serán producidas por el cambio climático global).

Algunos comentaristas apuntaron de manera interesante que incluso si los depredadores se extinguieran en una determinada área sin catástrofe ambiental, nuevos depredadores evolucionarían finalmente allí para llenar el nicho ecológico que habría sido dejado vacante, restaurando por lo tanto todo el lúgubre ciclo. Pero incluso si esto fuera a ocurrir, la evolución de las especies puede llevar un largo tiempo, y un largo intervalo sin depredación podría ser un bien importante, al igual que la prevención de una guerra puede ser un gran bien incluso si no hace nada por prevenir otras guerras en el futuro. De manera más importante, no es precisamente plausible suponer que podríamos tener la capacidad de eliminar una especie depredadora de un área pero careceríamos de la capacidad, incluso en un futuro lejano cuando nuestros expertos científicos habrían avanzado incluso más lejos, de prevenir el surgimiento de una nueva especie depredadora.

Considera las otras tres repuestas que aparecen de manera repetida en los comentarios. Algunos lectores sugirieron que mi argumento implica que deberíamos esperar conseguir la extinción de la especie humana carnívora, la especie que produce mucho más sufrimiento a otros animales que cualquier otra especie. La mayoría tomó eso como una reducción al absurdo de mi argumento, pero unos pocos parecían pensar que deshacerse de los seres humanos sería una buena idea. Para aquellos que desean continuar con esta cuestión, recomiendo la contribución de Peter Singer en The Stone (“Should This Be the Last Generation?”, 6 de junio de 2010). Mi propia respuesta puede ser bastante breve. Los seres humanos no son carnívoros en sentido relevante, sino omnívoros, y en la mayoría de casos pueden elegir vivir sin atormentar y matar a otros animales, una opción que no es una posibilidad biológica para genuinos carnívoros. Mi propio punto de vista es que la extinción de los seres humanos sería el peor evento que posiblemente podría ocurrir, aunque no argumentaré a favor del mismo aquí.

¿Qué hay del sufrimiento de las plantas? De nuevo una breve respuesta: las plantas no sufren, aunque responden a estímulos de manera que algunos han confundido con una respuesta al dolor. Lo que fue más escandoloso de la repetida invocación al sufrimiento de las plantas es que no dio lugar a reflexiones sobre lo que serían las implicaciones morales de que las plantas sufrieran. El gesto de los comentaristas hacia el alegado sufrimiento de las plantas no parecía más que un movimiento retórico en su ataque a mi argumento. Pero si alguien se convenciera, como algunos de los comentaristas parecen estar convencidos, de que las plantas son conscientes, sienten dolor y experimentan sufrimiento, eso debería lugar a la reconsideración seria de la permisibilidad de incontables prácticas que siempre hemos asumido como benignas. Si realmente creyeras que las plantas sufren, ¿continuarías pensando que es perfectamente aceptable cortar el césped?

Finalmente, mi respuesta a los recurrentes cuestionamientos al respecto de microbios e insectos es análoga a las que ofrecí a las solicitudes de las personas sobre las plantas. Como las plantas, los microbios no sufren. No pienso que sepamos todavía si muchos tipos de insectos lo hacen. Si, en condiciones controladas, alguien quita la pata o ala de una mosca mientras se está alimentando o limpiando, esta llevará a cabo su actividad como si nada hubiera sucedido. Pero supón que los insectos realmente sufrieran, quizá de manera muy intensa. ¿No debería eso provocar serias reflexiones morales más que ser utilizado como un mero punto de debate?

Antes señalé que, de lejos, la objeción más común a mi artículo era que yo ignoraba las consecuencias probables de la eliminación o incluso la mera reducción de la depredación. Si tienes paciencia, revisa los primeros 152 comentarios a mi artículo. Encontrarás esta objeción señalada en 28 de ellos, es decir, en cerca del 20 por ciento. Dado que explícitamente indiqué y traté esa objeción, y más tarde volví a ella seis veces, parece claro que muchos, y probablemente la mayoría, de los lectores del artículo dieron solamente una rápida mirada antes de abalanzarse sobre el teclado para echarme una buena bronca. Pero al menos aquellos que replicaron a la objeción que yo había señalado merecen crédito por decir algo de sustancia. Lo que es particularmente descorazonador es que sus comentarios están enormemente superados por aquellos que no hicieron referencia a mis argumentos y no mencionaron en ningún momento algo sustancial, sino que, en lugar de eso, consisten enteramente en insultos e invectiva. Si tomas tus propias convicciones morales en serio, la manera de responder a un cuestionamiento de ellas es tener la seguridad de que comprendes el cuestionamiento, y entonces intentar refutar los argumentos por ello. Si no puedes responder al cuestionamiento excepto burlándote de quien las cuestiona, ¿cómo puedes mantener la confianza en tus propias creencias?



Los carnívoros (Jeff McMahan, septiembre 2010)

Jeff McMahan es profesor de filosofía en la Rutgers University y colaborador de investigación visitante en el Center for Human Values de la Universidad de Princeton. Es autor de numerosos trabajos sobre ética y filosofía política, incluidos “The Ethics of Killing: Problems at the Margins of Life” (“La ética del asesinato: problemas en los márgenes de la vida”) y “Killing in War” (“Matar en la guerra”). En septiembre de 2010, The New York Times publicó su artículo “The Meat Eaters” en el que aborda cuestiones éticas sobre el problema de la depredación.[1]

Varios internautas escribieron comentarios al artículo, lo que llevó a Jeff McMahan a responderlos en el artículo “Predators: A Response” (“Depredadores: una respuesta”).

Nota: La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente que compartamos todas y cada una de las cuestiones expresadas por el mismo; sin embargo, consideramos interesante su publicación por la aportación que puede hacer a la causa del movimiento por los Derechos Animales (derecho a la salud/vida).



Visto desde la distancia, el mundo natural presenta a menudo una visión de sublime y majestuosa placidez. Pero bajo el follaje y, oculta a esa visión distante, una enorme e incesante matanza ruge. Donde quiera que haya vida animal, los depredadores están acechando, persiguiendo, capturando, matando y devorando a su presa. El sufrimiento agonizante y la muerte violenta son omnipresentes y continuos. Esta carnicería oculta sirve como base para el pesimismo filosófico de Schopenhauer, quien sostenía que “una prueba simple para la afirmación de que el placer es mayor que el dolor en el mundo… es comparar las sensaciones de un animal que está devorando a otro con los de ese animal que está siendo devorado”.

El sufrimiento continuo, incalculable, de los animales es también un elemento importante pero en gran parte descuidado en el tradicional “problema del mal” teológico (el problema de reconciliar la existencia del mal con la existencia de un dios benevolente, omnipotente). El sufrimiento de animales es particularmente desafiante porque no es susceptible a las explicaciones paliativas conocidas del sufrimiento humano. Se asume que los animales no tienen libre albedrío, y que, de esta manera, son incapaces de de elegir el mal o merecer sufrirlo. También se asume que no tienen almas inmortales; por lo tanto, no puede haber esperanza de que serán compensadas por su sufrimiento en una vida celestial después de la muerte. Ni parece que sean visiblemente elevados o ennoblecidos por el sufrimiento final que soportan en las fauces del depredador. Los teólogos han tenido suficientes problemas explicando a la multitud por qué un dios cariñoso les permite sufrir. Pero sus trabajos no terminarán incluso si son finalmente capaces de justificar los caminos de Dios al hombre, puesto que Dios debe responder también ante los animales.

Si yo hubiera estado en la posición de diseñar y crear un mundo, habría intentado organizarlo de manera que todos los individuos conscientes fueran capaces de sobrevivir sin atormentar y matar a otros individuos conscientes. Confío en que la mayoría del resto de personas habría hecho lo mismo. Desde luego que ésta y otras ideas relacionadas han sido consideradas desde que los seres humanos empezaron a reflexionar sobre la aterradora naturaleza de su Mundo (por ejemplo, cuando el profeta Isaías, al escribir en el siglo VIII a. C., esbozó algunos elementos de su utópica visión). Empezó con el abandono popular de la guerra: “Volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”. Pero los seres humanos no serían los únicos en cambiar, sino que los animales se unirían a nosotros en el veganismo universal: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja”. (Isaías 2:4 y 11:6-7)

Por supuesto, Isaías estaba mirando al futuro más que enredarse en fantasías caprichosas sobre hacer un trabajo mejor que la Creación, y nosotros deberíamos hacer lo mismo. Deberíamos empezar abandonando nuestra propia participación en la masiva orgía de depredación y alimentación sobre el débil.

Nuestra propia forma de depredación es, por supuesto, más refinada que la del resto de carnívoros, quienes deben capturar a su presa despezadándola mientras esta lucha por escapar. En su lugar, empleamos a profesionales para criar a nuestra presa en cautividad y preparar sus cuerpos para nosotros tras un velo de decoro, para que nuestra sensibilidad esté libre del reconocimiento de que también somos depredadores, de dientes si no garras enrojecidos (aunque algunos de nosotros, por razones que nunca he comprendido, se molestan en pintar sus garras ancestrales de un color sanguinario). La realidad tras el velo es, sin embargo, mucho peor que la del mundo natural. Nuestras granjas industriales, que suministran la mayoría de la carne y los huevos consumidos en las sociedades desarrolladas, infligen una vida de miseria y tormento sobre nuestra presa, en contraste con la relativamente breve agonía soportada por las víctimas de los depredadores en la naturaleza. Desde la perspectiva moral, no hay nada que se pueda decir de manera plausible en defensa de esta práctica. Al tener derecho a considerar por nosotros mismos, como seres civilizados, debemos, como el león moralmente reformado de Isaías, comer paja como el buey o, al menos, el equivalente moral de la paja.

¿Pero deberíamos ir más lejos? Supón que pudiéramos organizar la extinción gradual de las especies carnívoras, reemplazándolas por herbívoras. O supón que pudiéramos intervenir genéticamente, para que las especies actualmente carnívoras evolucionaran gradualmente a herbívoras, realizando así la profecía de Isaías. Si pudiéramos traer el fin de la depredación por uno u otro de estos medios con un pequeño coste para nosotros mismos, ¿deberíamos hacerlo? Por supuesto, reconozco que sería imprudente intentar dichos cambios dado el estado actual de nuestros conocimientos científicos. Nuestra ignorancia de las ramificaciones potenciales de las intervenciones en el mundo natural permanece profunda. Los esfuerzos por eliminar ciertas especies y crear nuevas tendrían muchos efectos imprevisibles y potencialmente catastróficos.

Quizá uno de los escenarios más benignos es que la acción para reducir la depredación crearía un distopía maltusiana en el mundo animal, con tasas de nacimiento más altas entre los herbívoros, superpoblados, y recursos insuficientes para sostener las poblaciones más grandes. En lugar de ser matados rápidamente por depredadores, los miembros de las especies que una vez fueron presas morirían lenta y dolorosamente, y en un número mayor, de inanición y enfermedad. Pero nuestros implacables esfuerzos por incrementar la riqueza y el poder individual están ya produciendo cambios masivos y precipitados en el mundo natural. Muchos miles de especies animales han sido o están siendo llevados a la extinción como consecuencia indirecta de nuestras actividades. Sabiendo esto, hemos estado muy poco dispuestos hasta ahora a ni siquiera moderar nuestra rapacidad para mitigar estos efectos. Sin embargo, si nos dispusiéramos a ejercitar la moderación, es concebible que pudiéramos hacerlo de una manera más selectiva, favoreciendo la supervivencia de algunas especies sobre otras. La cuestión que entonces podría surgir es si modificar nuestras actividades de forma que favorezcamos la supervivencia de herbívoros sobre las especies carnívoras. Como mínimo, deberíamos ser claros en avanzar en los valores que deberían guiar dichas elecciones si surgieran, o si nuestro conocimiento científico avanza a un punto en el cual pudiéramos elegir eliminar, alterar o reemplazar ciertas especies con un alto grado de confianza en nuestras predicciones sobre los efectos a corto y largo plazo de nuestra acción. Más que continuar chocando con el mundo natural con imprudente indiferencia, deberíamos prepararnos ahora para ser capaces de actuar de manera prudente y deliberada cuando nuestra gama de posibilidades se expanda finalmente.

La sugerencia de considerar si debemos y cómo debemos ejercer el control sobre las perspectivas de las diferentes especies animales, quizá seleccionando eventualmente algunas para la extinción y otras para la supervivencia según nuestras morales, golpeará indudablemente a la mayoría de la gente como un ejemplo de hibris potencialmente trágica, de arrogancia a escala cósmica. La acusación más probablemente oída es que sería “jugar a ser Dios”, usurpando de manera impía prerrogativas que pertenecen a la deidad en exclusiva. Este ha sido un estribillo familiar en muchos ejemplos donde devotos de una u otra religión han buscado obstruir intentos de mitigar el sufrimiento humano, por ejemplo, introduciendo nuevas medicinas o prácticas médicas, permitiendo o incluso facilitando el suicidio, legalizando una práctica obligada de eutanasia, etc. Así que sería sorprendente que esta afirmación no fuera traída al servicio de oponerse asimismo a la reducción del sufrimiento entre animales. Pero hay, al menos, dos buenas respuestas a ella.

Una es que critica una acción deliberada y moralmente motivada en particular, mientras que implícitamente sanciona la acción moralmente neutral que previsiblemente tiene los mismos efectos mientras estos no se prevén. Se juega a ser Dios, por ejemplo, si se administra una inyección letal a un paciente por su propia petición para que acabe su agonía, pero no si se le da un analgésico muy inefectivo solamente para mitigar la agonía, sabiendo que lo matará como efecto secundario. Pero es difícil creer que alguna deidad que tenga respeto por sí misma quedara impresionada por la distinción. Si la primera acción usurpa prerrogativas divinas, la segunda también.

La segunda respuesta de la acusación de jugar a ser Dios es simple y decisiva. Es que no hay deidad cuyas prerrogativas podamos usurpar. En la medida en que estos asuntos le conciernen a cualquiera, nos importan solo a nosotros. Dado que es demasiado tarde para prevenir que la acción humana afecte a las posibilidades de supervivencia de muchas especies animales, deberíamos guiar y controlar los efectos de nuestra acción hasta el punto que podamos para dar lugar al resultado moralmente mejor, o menos malo, de los posibles.

Otra objeción igualmente no persuasiva a la sugerencia de que deberíamos eliminar el carnivorismo si pudiéramos hacerlo sin un gran trastorno ecológico es que iría “contra la Naturaleza”. Este eslogan tiene también una larga historia de despliegue en cruzadas para asegurar que las culturas humanas permanezcan primitivas. Y, al igual que la apelación a la soberanía de una deidad, presupone también una metafísica indefendible. La Naturaleza no es un agente con propósitos, y mucho menos un agente sabio. No hay razón para suponer que una especie tiene santidad especial simplemente porque surgió en el proceso natural de evolución.

Muchas personas creen que lo que sucede entre animales en la naturaleza no es nuestra responsabilidad, y, efectivamente, lo que hacen entre sí mismos no es de nuestra incumbencia. Tienen sus propias formas de vida, bastante diferentes de las nuestras, y no tenemos derecho a inmiscuirnos en ellas ni de imponer nuestros valores antropocéntricos sobre ellos.

Hay un elemento de verdad en este punto de vista: que nuestra razón moral para prevenir el daño del cual no seríamos responsables es más débil que nuestra razón en no causar daño. Nuestro deber principal con respecto a los animales es, por lo tanto, dejar de atormentarlos y matarlos como un medio para satisfacer nuestro deseo en degustar determinados sabores o en decorar nuestros cuerpos de cierta manera. Pero si el sufrimiento es malo para los animales cuando nosotros lo causamos, es también malo para ellos cuando otros animales lo causan. No es un prejuicio humano que el sufrimiento es malo para aquellos que lo experimentan, ni el esfuerzo por prevenir el sufrimiento de los animales salvajes es un intento moralista de vigilar el comportamiento de otros animales. Incluso si no estamos moralmente obligados a prevenir el sufrimiento entre animales en la naturaleza del cual no seamos responsables, tenemos un motivo moral para prevenirlo, al igual que tenemos un motivo moral general para prevenir el sufrimiento entre los seres humanos que es independiente tanto de la causa del sufrimiento como de nuestra relación con las víctimas. La principal fuerza de la permisibilidad de actuar bajo nuestra razón para prevenir el sufrimiento es que nuestra acción no debería producir efectos negativos peores que aquellos que deberíamos prevenir.

Esa es la cuestión central en relación con si deberíamos intentar eliminar el carnivorismo. Dado que la eliminación del carnivorismo requeriría la extinción de las especies carnívoras, o, al menos, su alteración genética radical, que podría ser equivalente a la extinción, bien podría ser que las pérdidas de valor fueran mayores que los supuestos beneficios. No solamente todas o la mayoría de especies animales son de algún valor instrumental, sino que es también discutible que todas las especies tengan un valor intrínseco. Como Ronald Dworkin ha observado, “tendemos a tratar a las distintas especies animales (aunque no a los individuos animales) como algo sagrado. Pensamos que es muy importante, y supone una considerable gasto económico, proteger de la destrucción a especies amenazadas”. Cuando Dworkin dice que las especies animales son sagradas, quiere decir que su existencia es buena de una manera que no necesita ser buena para nadie; ni es buena en el sentido de que sería mejor que hubiera más especies, de manera que tendríamos razones para crear nuevas si pudiéramos. “Pocas personas,” observa, “creen que el mundo sería peor si siempre hubiera habido menos especies de aves, y pocos pensarían que es importante diseñar nuevas especies de aves si fuera posible. Lo que creemos que es importante no es que haya un número particular de especies, sino que una especie de las que ahora existen no sea extinguida por nosotros”.

El valor intrínseco de la especie individual es, así, bastante distinto del valor de la diversidad de especies. Parece también derivarse de las afirmaciones de Dworkin que la pérdida incluida en la extinción de una especie existente no puede ser compensada de manera plena o quizá ni siquiera parcial por la llegada al mundo de una nueva especie.

La cuestión básica, entonces, parece ser un conflicto entre valores: la prevención del sufrimiento y la preservación de especies animales. Está relativamente aceptado que el sufrimiento es intrínsecamente malo para quienes lo experimentan, incluso si ocasionalmente es también bueno de manera instrumental para ellos, cuando tiene los efectos purificadores y redentores que los personajes de Dostoyevski ansían tan a menudo. Y está aceptado que la extinción de una especie animal es intrínsecamente mala por lo general. Es malo para los miembros individuales que mueren y malo para otros individuos y especies que dependen de la existencia de la especie para su propio bienestar o supervivencia. Pero la extinción de una especie animal no es necesariamente mala para sus miembros individuales.(Si se me permite caer en la ciencia-ficción, supón que un químico que indujera la esterilidad pero también extendiera su longevidad pudiera ser introducido en su provisión de comida.) Y la extinción de una especie carnívora podría ser instrumentalmente buena para todos aquellos animales que, de otra manera, habrían sido su presa. Ese simple hecho es precisamente el que plantea la cuestión de si sería bueno que las especies carnívoras se extinguieran.

El conflicto, por lo tanto, debe estar entre prevenir el sufrimiento y respetar el presunto carácter sagrado (o, como yo diría, el valor impersonal) de las especies carnívoras. De nuevo, la afirmación de que el sufrimiento es malo para aquellos que lo experimentan, y, por lo tanto, debería en general ser prevenido cuando fuera posible no puede ser seriamente puesta en duda. Pero la idea de que las especies animales individuales tienen valor en sí mismas es menos obvia. ¿Qué son las especies, después de todo? Según Darwin, “no son más que combinaciones artificiales hechas por conveniencia”. Son colecciones de individuos distinguidos por biólogos a lo largo del tiempo sin un punto claro de división, y algunas veces se separa incluso entre individuos contemporáneos, como en el caso de las especies anillo. No hay un criterio universalmente acordado para su individualización. En la práctica, el criterio invocado más comúnmente es la capacidad de cruzarse, pero sabemos bien que es imperfecto y que supone intransitividades de clasificación cuando se aplica a especies anillo. Ni ha sido explicado de manera satisfactoria por qué un tipo especial de valor debería ser inherente a una colección de individuos simplemente en virtud de su capacidad de producir crías fértiles. Si es bueno, como pienso que es, que la vida animal debería continuar, entonces es instrumentalmente bueno que algunos animales puedan reproducirse con otros. Pero no veo motivos para suponer que los burros, como grupo, tengan un valor impersonal de que las mulas carezcan.

Incluso si las especies animales tuvieran valor impersonal, no se derivaría que sean irreemplazables. Desde que los animales aparecieron primero en la Tierra, un número indefinido de especies se han extinguido mientras ha surgido un número indefinido de nuevas especies. Si la aparición de nuevas especies no pudiera compensar la extinción de otras, y si la Tierra no pudiera sostener de manera simultánea a todas las especies que han existido, parece que habría sido mejor que las primeras especies nunca se hubieran extinguido, con la consecuencia de que las últimas nunca habrían existido. Pero es probable que pocos de nosotros, con la gran estima que tenemos de nuestra propia especie, abracemos esa implicación.

Por lo que aquí es donde el tema va más lejos. Sería bueno prevenir el enorme sufrimiento y las incontables muertes violentas causadas por la depredación. Hay, por lo tanto, una razón para pensar que sería instrumentalmente bueno que las especies animales depredadoras se extinguieran y fueran reemplazadas por nuevas especies herbívoras, siempre que esto pueda ocurrir sin un trastorno ecológico que suponga más daño del que se prevenga con el fin de la depredación. La afirmación de que las especies animales existentes son sagradas o irreemplazables está subvertida por la irrelevancia moral del criterio para individualizar las especies animales. Estoy inclinado, por lo tanto, a asumir la conclusión herética de que tenemos motivos para desear la extinción de todas las especies carnívoras, y espero el destino habitual de los herejes dado que este artículo está abierto a comentarios.



La importancia del sufrimiento de los animales salvajes (Alan Dawrst)

(Volver a "Los humanos no debemos intervenir en la Naturaleza")

Alan Dawrst es un filósofo utilitarista. A continuación publicamos uno de sus aertículos sobre la intervención en la Naturaleza para ayudar a los animales salvajes.


Resumen. El número de animales salvajes excede enormemente al de los animales en granjas industriales, en laboratorios o criados como animales de compañía. Por lo tanto, los defensores de los animales deberían considerar centrar sus esfuerzos en oponerse al enorme sufrimiento que ocurre en la naturaleza. Aunque en teoría esto podría incluir el hecho de intentar diseñar directamente sistemas ecológicos más humanitarios, pienso que en la práctica los activistas deben centrar sus esfuerzos en promover el meme de la preocupación por los animales salvajes a otros activistas, académicos y el público en general. En efecto, la cantidad masiva de sufrimiento que ocurre ahora en la naturaleza es trágica, pero palidece en comparación con la escala del bien y el daño que nuestros descendientes —con capacidad tecnológica avanzada— pueden llevar a cabo. Me preocupa, por ejemplo, que los humanos futuros pueden emprender la terraformación, la panspermia dirigida o crear infinitamente muchos nuevos universos sin pensar mucho en las consecuencias para los animales salvajes. Nuestra principal prioridad debe ser asegurar que la inteligencia humana futura sea usada para prevenir el sufrimiento de los animales salvajes, más que para multiplicarlo.


"La cantidad total de sufrimiento por año en el mundo natural sobrepasa cualquier reflexión decente. Durante el minuto que me lleva componer esta frase, miles de animales están siendo devorados vivos; otros están corriendo para salvar sus vidas, quejándose aterrorizados; otros están siendo devorados lentamente desde el interior por parásitos labradores; miles de criaturas de todas clases están muriendo de hambre, sed y enfermedad". Richard Dawkins, El río del Edén

"Muchos humanos observan la naturaleza desde una perspectiva estética, y piensan en términos de biodiversidad y salud de los ecosistemas, pero olvidan que los animales que habitan en esos ecosistemas son individuos y tienen sus propias necesidades. La enfermedad, la inanición, la depredación, el ostracismo y la frustración sexual son endémicos en los llamados ecosistemas saludables. El gran tabú en el movimiento por los derechos de los animales es que la mayoría de sufrimiento se debe a causas naturales". Albert, un perro ficticio en Golden (Nick Bostrom)

"La estricta verdad es que casi todas las cosas que un hombre hace contra otro y por las cuales es ahorcado o encarcelado, son acciones que la naturaleza realiza a diario. […] Las frases que atribuyen perfección al curso de la naturaleza sólo pueden ser tomadas como exageraciones debidas al sentimiento poético o devocional; nunca fueron destinadas a ser sometidas a un examen estricto. Ninguna persona, ni religiosa ni irreligiosa, cree que las dañinas actividades de la naturaleza, tomadas en conjunto, promuevan buenos fines, como no sea el de incitar a las criaturas racionales a sublevarse y a luchar contra ellas." John Stuart Mill, La Naturaleza


Introducción

Los activistas por los animales centran sus esfuerzos por regla general en áreas donde los humanos interactúan directamente con miembros de otras especies, como las granjas industriales, los laboratorios de experimentación, y, en un grado mucho menor, los zoos, los circos, el rodeo y similares. El tema del sufrimiento animal en la naturaleza rara vez es discutido, ni siquiera en la literatura académica, aunque ha habido notables excepciones[4]. En este artículo pongo de relieve que el número de animales sobre los que los humanos tienen un impacto es sencillamente demasiado grande como para que los defensores de los animales lo ignoren. El sufrimiento intenso es una característica regular de la vida en la naturaleza que demanda, quizá no una intervención para un arreglo rápido, pero sí al menos una investigación a largo plazo sobre el bienestar de los animales salvajes y la tecnología que pueda un día permitir a los humanos mejorarlo. Concluyo animando a los defensores de los animales a centrar sus esfuerzos en promover entre otros activistas, académicos y el público en general la preocupación por el sufrimiento de los animales salvajes, tanto para fomentar la investigación sobre el tema como para asegurar que nuestros descendientes usen la tecnología avanzada para aliviar el sufrimiento de los animales salvajes, más que para multiplicarlo involuntariamente.

El número de animales salvajes

El nivel de sufrimiento animal a manos humanas es enorme, y los defensores de los animales están con razón consternados por su magnitud. Sin embargo, el número de animales que viven en la naturaleza es asombrosamente mayor. La siguiente tabla de población muy aproximada está copiada del artículo "How Many Wild Animals Are There?" de Alan Dawrst[5].


Tipo de animalesPoblación mundial
Animales en laboratorios de investigación10^8
Humanos7 * 10^9
Ganado2,4 * 10^10
Aves terrestres10^10 (?)
Mamíferos terrestres10^11 (?)
Reptiles terrestresde 10^11 a 10^12 (?)
Anfibiosde 10^11 a 10^12 (?)
Peces[por completar]
Insectosde 10^18 a 10^19
Zooplanctoncomparable a los insectos


La agonía soportada por, por ejemplo, una rana que es devorada con vida por una serpiente es probablemente al menos tan grande como la experimentada por una gallina en una jaula de batería o por un pavo en una granja industrial, tan terrible como su trato a menudo lo es.

Cómo sufren los animales salvajes

Al igual que los que están en granjas, en laboratorios y son criados como animales de compañía, los animales en la naturaleza tienen ricas vidas emocionales[6]. Por desgracia, muchas de estas emociones son intensamente dolorosas, a menudo de forma también innecesaria. Y mientras la naturaleza de dientes y garras enrojecidos es por lo general conocida como una obviedad, su significado visceral puede ser pasado por alto a menudo. Más abajo examino algunos detalles del sufrimiento de los animales salvajes, quizá de una manera similar a la forma en que los defensores de los animales deprecian los actos de crueldad por los humanos.

Depredación

Cuando la gente imagina el sufrimiento en la naturaleza, quizá la primera imagen que viene a la mente es el de una leona cazando a su presa. Christopher McGowan, por ejemplo, describe vívidamente la muerte de una cebra:

"La leona hunde sus garras cimitarras en la grupa de la cebra. Rasgan de un lado a otro la dura piel y sujetan profundamente el músculo. El asustado animal suelta un fuerte bramido cuando su cuerpo golpea el suelo. Un instante después, la leona suelta las garras de las nalgas y hunde sus dientes en la garganta de la cebra, ahogando el sonido de terror. Sus colmillos son largos y afilados, pero un animal tan grande como una cebra tiene un enorme cuello, con una gruesa capa de músculo bajo la piel, así que, aunque los dientes perforan la piel, son demasiado cortos para alcanzar algún vaso sanguíneo principal. Debe, por lo tanto, matar a la cebra por asfixia, sujetando la tráquea con sus poderosas fauces alrededor de su tráquea, cortando el paso de aire a sus pulmones. Es una muerte lenta. Si este hubiera sido un animal pequeño, por ejemplo, una gacela de Thomson (Gazella thomsoni) del tamaño de un perro grande, la habría mordido en la nuca del cuello; sus colmillos entonces habrían aplastado probablemente las vértebras o la base del cráneo, causando una muerte instantánea. Tal y como es, la agonía de la cebra durará cinco o seis minutos."[7]

Algunos depredadores matan a las víctimas de manera bastante rápida, como una serpiente constrictor que corta el paso de aire de las víctimas y provoca la inconsciencia en un minuto o dos[8], mientras otros imponen una agonía más prolongada, como las hienas que arrancan pedazos de carne a mordiscos[9]. Los perros salvajes destripan a sus presas[10], las serpientes venenosas causan hemorragias internas y parálisis durante el curso de varios minutos[11], y los cocodrilos asfixian a grandes animales con sus fauces[12].

Una guía para propietarios de serpientes explica: "Los ratones vivos lucharán por sus vidas cuando son agarrados, y morderán, patearán y arañarán mientras puedan"[13]. Una vez capturados, "la serpiente empapa a la presa con saliva, y al final la arrastra hasta el esófago. Desde allí usa sus músculos para, a la vez, aplastar la comida y empujarla profundamente al tracto digestivo, donde se descompone en nutrientes"[14]. La presa puede no morir inmediatamente después de ser tragada, como queda ilustrado por el hecho de que algunos tritones venenosos, después de ser ingeridos por una serpiente, excretan toxinas para matar a su captor de modo que puedan arrastrarse fuera de su boca[15]. Y, en lo relativo a los gatos domésticos, Bob Sallinger, de la Sociedad Audubon de Portland, remarca: "la gente que queda consternada por la matanza indiscriminada de vida salvaje por mecanismos como las trampas deberían reconocer que el dolor y el sufrimiento causados por la depredación llevada a cabo por los gatos no son distintos, y que el impacto de la depredación llevada a cabo por los gatos hace parecer pequeño al impacto de las trampas"[16].

Muerte por otros medios

Por supuesto, la depredación no es la única forma en la que los animales mueren dolorosamente; es más, a menudo puede ser preferible a otras formas. Los animales son también afectados por enfermedades y parásitos, los cuales pueden provocar pérdida de energía, estremecimientos, úlceras, neumonía, inanición, comportamiento violento u otros espantosos síntomas durante el curso de días o semanas antes de la muerte. La salmonelosis aviar es sólo un ejemplo:

"Los síntomas varían entre la muerte repentina y la aparición gradual de depresión en un período de entre 1 y 3 días, acompañada de apiñamiento de las aves, ahuecado de alas, falta de estabilidad, temblores, pérdida de apetito, sed muy fuerte o ausencia de sed, pérdida rápida de peso, respiración acelerada, y excrementos acuosos amarillos, verdes o teñidos de sangre. Las plumas anales se enmarañan con los excrementos, los ojos empiezan a cerrarse e, inmediatamente antes de la muerte, algunas aves muestran una aparente ceguera, falta de coordinación, tambaleo, estremecimientos, convulsiones y otros síntomas nerviosos." [17]

De todos modos, mueren animales de inanición debido a accidentes, deshidratación durante una sequía veraniega o carencia de comida durante el invierno. Por ejemplo, 2006 fue también un duro año para los murciélagos en Placerville (California):

"Puedes ver sus costillas, su columna vertebral, y (el área) donde el intestino y el estómago están por completo hundidos por la espalda”, dijo Dharma Webber, fundadora de California Native Bat Conservancy. [...] Afirmó que los mosquitos emergentes no son suficientes para alimentar a los animales. “Sería como si nosotros comiéramos unas palomitas de maíz aquí y allí”, dijo." [18]

Incluso las tormentas de hielo pueden ser fatales: “Las patas de los pájaros que no pueden encontrar un refugio para posarse durante la tormenta pueden quedar congeladas a una rama, o sus alas pueden quedar cubiertas de hielo, haciendo que sean incapaces de volar. Los urogallos enterrados en montones de nieve quedan a menudo sepultados por la capa de hielo y se asfixian”.

Una vida dura

Aunque la muerte puede constituir a menudo la cumbre de sufrimiento durante la vida de un animal, la existencia cotidiana no es necesariamente agradable tampoco. A diferencia de la mayoría de humanos en el mundo industrializado, los animales salvajes no tienen acceso inmediato a comida siempre que tienen hambre. Deben buscar constantemente agua y refugio mientras continúan teniendo cuidado de los depredadores. A diferencia de nosotros, la mayoría de animales no pueden ir al interior cuando llueve o encender la calefacción cuando las temperaturas de invierno descienden muy por debajo de los niveles habituales. En resumen:

"Se asume a menudo que los animales salvajes viven en una especie de paraíso natural, y que es sólo la aparición y la intervención de agentes humanos lo que trae el sufrimiento. Esta visión en esencia rousseauniana está reñida con la riqueza de información derivada de los estudios de campo de poblaciones animales. La carencia de comida y agua, la depredación, la enfermedad y la agresión intraespecífica son algunos de los factores que han sido identificados como una parte normal del medioambiente salvaje que causa sufrimiento a los animales salvajes de una manera general". [20]


Y mientras muchos animales parecen soportar dichas condiciones con bastante calma, esto no significa necesariamente que no estén sufriendo[21]. Los miembros enfermos y heridos de una especie presa son los más fáciles de atrapar, por lo que los depredadores han evolucionado tanto que eligen deliberadamente como objetivo a estos individuos. A consecuencia de esto, esas presas que parecen enfermas o heridas serán las matadas más a menudo. De este modo, la presión evolutiva empuja a las especies presas para evitar prestar atención a su sufrimiento y pretender como si nada estuviera mal[22].

Cortas esperanzas de vida

Como ocurre a menudo en la naturaleza, los animales con una mayor población son probablemente los que de manera general están peor de todos. Los pequeños mamíferos y las aves tienen esperanzas de vida adulta de, como máximo, uno o tres años antes de enfrentarse una muerte dolorosa. Y muchos insectos cuentan su tiempo en la Tierra en semanas más que en años; por ejemplo, sólo 2-4 semanas en el caso de la mosca del maíz[23]. Personalmente preferiría no existir que haber nacido como un insecto, luchar para navegar por el mundo durante unas pocas semanas, y luego morir de deshidratación o quizá ser atrapado en una telaraña. Todavía peor puede ser que me encontrara enredado en la herramienta de tortura de una hormiga amazónica durante 12 horas[24], o ser una oruga siendo devorada con vida durante el curso de semanas o meses por una avispa Ichneumon[25].

Es verdad que los científicos continúan sin estar seguros sobre si los insectos experimentan dolor de una forma que consideraríamos sufrimiento consciente[26]. Sin embargo, el hecho de que todavía continúe un debate serio sobre el tema sugiere que no deberíamos descartar la posibilidad. Y entendiendo que es 1018 el número de artrópodos[27], con una magnitud similar en el caso del número de copépodos[28], el valor matemático esperado (probabilidad por cantidad) de su sufrimiento es enorme. Debería tenerse en cuenta que la fuerza de este punto sería reducida si, como puede ser el caso, la intensidad o el grado de las experiencias emocionales de los animales depende en cierta medida de la cantidad de tejido nervioso que tienen dedicado a las señales de dolor[29].

Más crías que sobreviven

Las tablas de esperanza de vida animal típicamente muestran duraciones de supervivencia por miembros adultos de una especie. Sin embargo, la mayoría de individuos mueren mucho antes, antes de alcanzar la madurez. Esta es una simple consecuencia del hecho de que las hembras dan a luz más crías de las que pueden sobrevivir a la madurez en una población estable. Por ejemplo, mientras los humanos pueden producir solamente un niño por estación reproductiva (exceptuando gemelos), el número es de 1-22 crías en los perros (Canis familiaris), 4-6 huevos en los estorninos (Sturmus vulgaris), 6.000-20.000 huevos en la rana toro (Rana catesbeiana) y 2 millones de huevos en la vieira (Argopecten irradians[30]). Desde luego, hay dudas sobre si todas esas especies son sintientes —e incluso más, considerando esa fracción de huevos que no llegan a abrirse—, pero, de nuevo, en términos de valor esperado, la cantidad de sufrimiento esperado es enorme.

Esta estrategia de hacer muchas copias y confiar en que unas pocas salgan puede ser perfectamente razonable desde el lugar de la evolución[31], pero el coste para los animales individuales es tremendo. Matthew Clarke y Yew-Kwang Ng concluyen a partir de un análisis de las implicaciones del bienestar de la dinámica poblacional que "el número de crías de una especie que maximiza la aptitud puede llevar al sufrimiento y es diferente del número que maximiza el bienestar (medio o total)"[32]. Y en un artículo relacionado, "Towards Welfare Biology: Evolutionary Economics of Animal Consciousness and Suffering", Ng concluye a partir del exceso de crías sobre supervivientes adultos: "bajo el supuesto de cóncavo y funciones simétricas en relación con los costes del disfrute y el sufrimiento, la economización evolucionista resulta en el exceso de sufrimiento total sobre disfrute total"[33].

¿Calculando mal los niveles de bienestar?

Hay un peligro en extrapolar el bienestar de los animales salvajes desde nuestra propia imaginación sobre cómo nos sentiríamos en dicha situación. Podemos imaginar la inmensa incomodidad que fue dormir en una tormenta nocturna de un frío invierno con solo una sudadera para mantenernos abrigados, pero muchos animales tienen mejores pieles de abrigo y pueden encontrar a menudo algún tipo de refugio. De modo más general, parece poco probable que las especies ganarían una ventaja adaptativa al sentir privaciones constantes, dado que el estrés supone un coste metabólico[34]. (Por supuesto, los argumentos sobre por qué la evolución puede tender a evitar causar de forma traumática cantidades insoportables de dolor ya no son aplicables una vez que los animales superan la edad de reproducción[35].)

Dicho esto, deberíamos también ser cautelosos para no subestimar el alcance e intensidad del sufrimiento de los animales salvajes debido a nuestra propia predisposición.

El lector está probablemente sentado en la comodidad de un edificio climáticamente controlado, con el estómago relativamente lleno y sin miedo a ataques. La mayoría de nosotros en el Occidente industrializado vivimos la vida en un estado relativamente eutímico, y es fácil asumir que la amabilidad general con que la vida nos recibe es compartida por la mayoría de otras personas y animales. Cuando pensamos en la naturaleza, podemos imaginar cantos de pájaros o gacelas retozando, más que en ciervos todavía conscientes cuya carne es masticada o mapaches inmovilizados aquejados de gusanos redondos, esperando de manera suplicante que su muerte llegue. Y, por supuesto, todos estos ejemplos, en la medida en que incluyen a grandes animales terrestres, reflejan mi tendencia humana hacia la heurística de disponibilidad: de hecho, los animales salvajes más frecuentes de todos son los animales pequeños, muchos oceánicos. Cuando pensamos en animales salvajes, deberíamos (si aplicamos el enfoque de la esperanza matemática a la incertidumbre sobre la sintiencia) imaginarnos hormigas, copépodos y peces diminutos, más que leones o gacelas.

Hay también una tendencia natural al pensamiento ilusorio. Por ejemplo, la gente a menudo muestra perspectivas optimistas hacia los eventos futuros y retrospecciones optimistas sobre el pasado, en las cuales asumen que su futuro y niveles previos de bienestar fueron y serán mejores de lo que dijeron en el momento de las experiencias[36]. Además, incluso cuando los animales juzgan correctamente sus niveles hedónicos, muestran a menudo un deseo de vivir totalmente apartado de su nivel de placer o dolor. Animales que, ante vidas que sinceramente no valen la pena ser vividas, deciden finalizar su existencia, tienden a no reproducirse de manera muy exitosa.

Al final, sin embargo, con independencia de exactamente cuánto bien o mal calculamos en la vida en la naturaleza para que esté en equilibrio, sigue siendo innegable que muchos animales en la naturaleza soportan algunas experiencias terribles.

¿Pero no son los humanos incapaces?

¿Por qué entonces el sufrimiento de los animales salvajes no es una alta prioridad para los defensores de los animales? Una razón es filosófica: algunos sienten que, aunque los humanos tienen la obligación de tratar bien a los animales que usan o con los que viven, no tienen responsabilidades hacia aquellos fuera de su esfera de interacción. Yo encuentro esto poco satisfactorio; si realmente nos importan los animales porque no queremos que aquellos con quienes compartimos el mundo sufran brutalmente —no sólo porque queremos sentirnos moralmente limpios—, entonces no debería importar si tenemos una conexión personal con los animales salvajes o no.

Otros filósofos están de acuerdo con esto, pero continúan defendiendo la inacción humana sosteniendo que las personas son en última instancia incapaces de cambiar la situación. Cuando se le preguntó si deberíamos prevenir que los leones devoraran gacelas, Peter Singer respondió:

[…] por razones prácticas estoy casi seguro, juzgando desde los antecedentes pasados de intentos de moldear la naturaleza a sus propios objetivos, que sería más probable incrementar que disminuir la cantidad global de sufrimiento animal si interfiriéramos con la naturaleza. Los leones juegan un rol en la ecología de su hábitat, y no podemos estar seguros sobre qué consecuencias a largo plazo tendría prevenir que mataran gacelas. […] Así que, en la práctica, sin duda diría que la naturaleza debería ser dejada sola[37].

Jennifer Everett sugirió de modo similar que los consecuencialistas pueden aprobar la selección evolucionista porque elimina caracteres genéticos deletéreos:

[...] si la propagación de los genes más fuertes contribuye a la integridad tanto de las especies depredadoras como de las depredadas, lo cual es bueno para el balance depredador/presa en el ecosistema, lo cual sucesivamente es bueno para los animales que viven en él, etc.; entonces las relaciones muy ecológicas que los ambientalistas holísticos consideran como intrínsecamente de valor serán valoradas por los bienestaristas porque conducen en última instancia, aunque indirectamente y a través de complejas cadenas causales, al bienestar de los animales individuales[38].

Estos son puntos válidos; probablemente es verdad, por ejemplo, que los defensores de los animales no deberían gastar sus recursos promoviendo la eliminación de depredadores de ecosistemas saludables. Sin embargo, no se sigue que los humanos no tengan obligaciones con respecto a los animales salvajes ni que los defensores de los animales deban permanecer en silencio sobre la crueldad de la naturaleza.

Los humanos ya impactan en la naturaleza

Estoy de acuerdo en que deberíamos ser extremadamente cautos sobre intervenciones consistentes en soluciones rápidas. La ecología es extremadamente complicada, y los humanos tienen una tendencia a subestimar el número de consecuencias imprevistas que encontrarán al intentar diseñar mejoras en la naturaleza. Por otra parte, hay muchos casos en los que ya estamos interfiriendo con la vida salvaje de alguna manera. Como Tyler Cowen observó[39]:

En otros casos estamos interfiriendo con la naturaleza, nos guste o no. No es una cuestión de incertidumbre evitar vigilar, sino más bien cómo comparar una forma de vigilancia con otras. Los humanos cambiamos los niveles de agua, fertilizamos suelos, influimos en las condiciones climáticas, y hacemos muchas otras cosas que afectan al balance de poder en la naturaleza. Estas actividades humanas no desaparecerán pronto, pero, mientras tanto, necesitamos evaluar sus efectos sobre los carnívoros y sus víctimas.

Dicha evaluación fue llevada a cabo considerando una decisión del gobierno australiano de matar selectivamente a canguros superpoblados y hambrientos en una base militar de la Fuerza de Defensa Australiana[40]. Aunque hay que reconocer que es crudo y académico, el análisis prueba que las herramientas de la economía del bienestar pueden ser combinadas con los principios de la ecología poblacional para alcanzar conclusiones importantes sobre cómo la interferencia humana con la naturaleza afecta al bienestar animal agregado.

Ten en cuenta otro ejemplo. Los humanos rocían 3.000 millones de toneladas de pesticidas al año[41], y pensemos o no que esto causa más sufrimiento de animales salvajes del que previene, el uso de insecticidas a gran escala es, hasta cierto punto, un hecho consumado de la sociedad moderna. Si, de forma hipotética, los científicos pudieran desarrollar formas para hacer que estos químicos actuaran de forma más rápida o menos dolorosa, enormes cantidades de insectos y animales más grandes podrían tener muertes ligeramente menos agonizantes[42].

Los cambios humanos del medio ambiente —a través de la agricultura y ganadería, la urbanización, la deforestación, la contaminación, el cambio climático, etc.— tienen grandes consecuencias, tanto negativas como positivas, para los animales salvajes. Por ejemplo, pavimentar el paraíso y poner un aparcamiento previene bastante la existencia de animales que de otra forma habrían vivido allí. Incluso donde los hábitats no son destruidos, los humanos pueden cambiar la composición de las especies que viven allí. Si, por ejemplo, una especie invasora tiene una esperanza de vida más corta y más descendencia no superviviente que la equivalente autóctona, el resultado sería más sufrimiento total. Por supuesto, lo opuesto podría ser fácilmente el caso.

Mi posición no debe ser confundida con un apoyo general a la conservación del medioambiente; es más, en algunos o incluso muchos casos, prevenir la existencia puede ser la opción más humanitaria. Los vegetarianos consecuencialistas no deberían encontrar esta línea de razonamiento inusual. El argumento utilitarista contra las granjas industriales es precisamente que, por ejemplo, un pollo estaría mejor no existiendo que sufriendo en condiciones de hacinamiento durante 45 días antes de ser matado. Por supuesto, incluso en el cálculo de si adoptar una dieta vegetariana, el impacto de los animales en la naturaleza puede ser importante y algunas veces dominante sobre los efectos directos en el ganado[43].

Una agenda de investigación

En cualquier caso, la cuestión de si las vidas de los animales salvajes por lo general valen la pena de ser vividas no es obvia, y es demasiado importante como para ser abandonada a meditaciones de alto nivel por filósofos. Más bien merece un programa serio de investigación, dedicado a cuestiones como las siguientes:

• ¿Qué animales responden con rechazo a estímulos negativos de una manera que consideraríamos sentirse mal (son sintientes)? ¿Qué probabilidades subjetivas razonables deberíamos usar para la sintiencia de reptiles, anfibios, peces y varios invertebrados? Además, si estos animales pueden sentir emociones, ¿tiene una relación proporcional aproximada la intensidad de las emociones con la masa de tejido nervioso dedicado a procesar emociones?

• ¿Qué tipo de estados afectivos experimentan los animales durante el curso de su vida diaria en la naturaleza? ¿Con qué frecuencia sienten hambre, frío, miedo, felicidad, satisfacción, aburrimiento e intensa agonía, y en qué grado? En el futuro quizá sea posible responder a esta pregunta con alta precisión a través de dispositivos de continua medición fáciles de usar que registren correlatos neurales de experiencias hedónicas. Pero hasta entonces podemos beneficiarnos mucho aplicando herramientas estándares para evaluar el bienestar animal[44].

• ¿Cuál es el balance global de felicidad contra sufrimiento para varias especies? ¿Cómo depende esto de la esperanza de vida del animal y de si muere antes de la madurez? ¿Contienen algunos tipos de ecosistemas menos sufrimiento medio que otros? ¿Qué esfuerzos de preservación medioambiental incrementan y cuáles reducen el bienestar animal agregado?

• ¿Hay tecnología a largo plazo que pueda de manera fácil permitir a los humanos reducir con éxito el sufrimiento de los animales salvajes de una forma seria?

¿Tecnología avanzada?

Los humanos en este momento carecen del conocimiento y la habilidad técnica para resolver seriamente el problema del sufrimiento de los animales salvajes sin consecuencias potencialmente desastrosas. Sin embargo, este puede no ser el caso en el futuro, cuando las personas desarrollen una comprensión más profunda de la ecología, la valoración del bienestar y la neurobiología. De modo especulativo, por ejemplo, los avances en la ciencia de sistemas motivadores hedónicos pueden resultar de ayuda[45], al igual que el progreso general en inteligencia artificial, nanotecnología y campos similares.

Si la sintiencia no es rara en el universo, entonces el problema del sufrimiento de los animales salvajes se extiende más allá de nuestro planeta. Tomando en consideración lo improbable que es que meramente la vida sintiente hará evolucionar el tipo de inteligencia que los humanos tienen[46], podríamos esperar que la mayoría de extraterrestres sintientes que existen estén al nivel de los animales sintientes más pequeños y de vida más corta en la Tierra. Por lo tanto —de nuevo bordeando el mundo de la ciencia-ficción—, si los humanos alguna vez envían pruebas robóticas al espacio, puede haber un gran beneficio en desembolsar su tecnología humana a otros planetas que contengan sus propias formas de vida salvaje. (Espero que las objeciones de la ecología profunda dentro de la comunidad de la ética ambiental extraterrestre sean superadas.)

Multiplicar el sufrimiento de forma inintencionada

Mientras las tecnologías futuras avanzadas pueden ofrecer promesas para ayudar a los animales salvajes, también conllevan riesgos de multiplicar la crueldad del mundo natural. Por ejemplo, es concebible que los humanos puedan un día extender a Marte condiciones medioambientales parecidas a las de la Tierra en el proceso de terraformación[47]. De modo más especulativo, otros han propuesto la panspermia dirigida, enviando sondas a la galaxia para sembrar otros planetas con material biológico[48]. Y aunque en realidad cumplir con la idea permanece bastante más allá del alcance tecnológico de los científicos en algún momento próximo[49], las leyes de la física pueden ser tales que permitan una civilización extremadamente avanzada para crear infinitamente muchos nuevos universos en un laboratorio, lo cual reproduciría, entre otras cosas, una vida salvaje similar a la de la Tierra muchas veces después hasta el infinito[50]. Cualquiera de estas posibilidades tendría implicaciones éticas prodigiosas, y confío en que los humanos consideren seriamente las consecuencias de dichas acciones para todos los animales sintientes implicados antes de emprenderlas.

Los activistas deben centrarse en la difusión pública

¿Qué implica todo esto para el movimiento por la defensa de los animales? Pienso que lo mejor que podemos hacer en primer lugar para la reducción del sufrimiento de los animales salvajes es promover el interés general por el tema. Hacer que más personas piensen y se preocupen del sufrimiento de los animales salvajes apresurará los desarrollos en la investigación sobre el bienestar de los animales salvajes y la tecnología humanitaria asociada, mientras que, al mismo tiempo, ayudará a asegurar que nuestros descendientes avanzados piensen con cautela sobre acciones que crearían muchos más animales con sufrimiento.

Daría la bienvenida a una organización dedicada a poner de relieve la cuestión de los animales salvajes entre biólogos, activistas por los derechos de los animales, políticos y el público en general. Quizá encontrar apoyo dentro de la comunidad por el bienestar animal en sí sería un buen punto de inicio: mientras que algunos activistas se oponen a toda intervención humana en los asuntos de los animales, en ocasiones incluso prefiriendo que los humanos no existieran, mucha gente que siente simpatía humanitaria por el sufrimiento de los miembros de otras especies daría la bienvenida a esfuerzos para prevenir la crueldad en la naturaleza. Otra fuente potencial de apoyo puede ser la comunidad darwinista, que reconoce lo que Richard Dawkins ha llamado la “indiferencia ciega y despiadada” de la selección natural[51].

Por supuesto, incluso sin el respaldo de un instituto sobre el sufrimiento de los animales salvajes, se puede hacer mucho para hacerlo más público, como

• publicar en foros de derechos de los animales y escribir comentarios en blogs;

• escribir a filósofos, activistas, científicos bienestaristas y otros líderes de opinión influyentes para pedirles su opinión sobre el sufrimiento de los animales salvajes (¿saben de personas trabajando en tratar el tema?; ¿tomarían en consideración hablar de manera explícita sobre ello en su propio trabajo?);

• participar en encuentros y eventos por los derechos de los animales y preguntar a los participantes lo que piensan (¿podrían tener en cuenta desviar algo de su tiempo hacia la difusión de la cuestión de los animales salvajes?);

• escribir ponencias, artículos de revistas o libros sobre el asunto, quizá en coautoría con ecologistas, etólogos u otros científicos, para asegurar que el trabajo no es por completo filosofía de sofá.

Puede haber un peligro aquí de plantear el tema de los animales salvajes antes de que el público en general esté preparado. En efecto, la crueldad de la naturaleza es a menudo usada por quienes comen carne como una reducción contra el vegetarianismo consecuencialista. Sugerir que la consideración ética por los animales puede forzarnos a expandir los recursos hacia la investigación a largo plazo dirigida a ayudar a la vida salvaje podría cerrarnos por completo a gente que de otra forma daría alguna consideración a, por lo menos, aquellos animales que son afectados por nuestras elecciones alimenticias[52]. ¿Hasta qué punto es seria esta preocupación? Mi opinión es que el sufrimiento de los animales salvajes es tan abrumadoramente importante, incluso en comparación con la seria cuestión de las granjas industriales, que vale la pena el riesgo: si el movimiento por los derechos de los animales nunca va más allá de las granjas, laboratorios y animales de compañía, entonces atrasar el esfuerzo no es, relativamente hablando, una gran pérdida. El nivel de brutalidad en la naturaleza es sencillamente demasiado enorme para ignorarlo, y los humanos tienen la obligación de ejercer su excepcional posición a nivel cósmico de animales inteligentes y empáticos para reducir el sufrimiento en la naturaleza tanto como puedan.


Fuente: pensamientovegano.files.wordpress.com - La importancia del sufrimiento de los animales salvajes (pdf)
Fuente original en inglés: utilitarian-essays.com - The Importance of Wild-Animal Suffering



NOTAS Y REFERENCIAS

RespuestasVeganas.Org: La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente que se compartan todas y cada una de las cuestiones expresadas en el mismo; sin embargo, consideramos interesante su publicación por la aportación que puede hacer a la causa del movimiento abolicionista por los Derechos Animales.

[1] Dawkins, Richard. El río del Edén. Barcelona: Debate, 2000. p. 146
[2] Bostrom, Nick. Golden. 2004.
[3] Mill, John Stuart. La Naturaleza. Madrid: Barcelona, 1998. p. 50-55
[4] Por ejemplo: (1) Sapontzis, Steve F. “Predation.” Ethics and Animals, 5.2 (1984): 27-38. (2) Naess, Arne. “Should We Try To Relieve Clear Cases of Extreme Suffering in Nature?.” Pan Ecology, 6.1 (1991). (3) Fink, Charles K. “The Predation Argument.” Between the Species, 5 (2005)
[5] Dawrst, Alan. “How Many Wild Animals Are There?” Essays on Reducing Suffering, 2009.
[6] Ver, por ejemplo: (1) Balcombe, Jonathan. Pleasurable Kingdom: Animals and the Nature of Feeling Good. Palgrave Macmillan, 2006. ISBN 9781403986023. (2) Bekoff, Marc (ed.). The Smile of a Dolphin: Remarkable Accounts of Animal Emotions. Discovery Books, 2000. ISBN 9781563319259
[7] McGowan, Christopher. The Raptor and the Lamb: Predators and Prey in the Living World. New York: Henry Holt and Company, 1997. p. 12-13
[8] Eaten Alive - The World of Predators. Questacon on Tour.
[9] Kruuk, Hans. The Spotted Hyena: A Study of Predation and Social Behavior. Chicago: University of Chicago Press, 1972. ISBN 9780226455075
[10] McGowan, op. cit., p. 22.
[11] Ibid, p. 49.
[12] Ibid, p. 43.
[13] Flank, Lenny. “Like Prey vs. Prekill.” En: The Snake: And Owner's Guide to a Happy Healthy Pet. Howell Book House, 1997.
[14] Perry, Lacy. “How Snakes Work.” howstuffworks.com.
[15] McGowan, op. cit., p. 59.
[16] Sallinger, Bob. “Audubon Society Favors Keeping Cats Indoors.” The Oregonian, 17 Nov. 2003.
[17] Salmonellosis. Michigan Department of Natural Resources.
[18] "Continued Rain, Snowpack Leaves Animals Hungry." Associated Press, 23 Apr. 2006. CBS 13/UPN 31.
[19] Heidorn, Keith C. "Ice Storms: Hazardous Beauty." The Weather Doctor, 12 Jan. 1998, revised Dec. 2001.
[20] UCLA Animal Care and Use Training Manual. UCLA Office for the Protection of Research Subjects. p. 24.
[21] Bourne, Debra C.; Cusdin, Penny; Boardman, Suzanne I. (eds.). Pain Management in Ruminants [CD-ROM]. Wildlife Information Network, 2005. ISBN 0954718589.
[22] Nuffield Council on Bioethics. Ethics of Research Involving Animals. May 2005. ch. 4.12, p. 66
[23] Cumming, Jeffrey M. “Horn fly Haematobia irritans (L.).” Diptera Associated with Livestock Dung. North American Dipterists Society, 18 May 2006.
[24] “Fierce Ants Build 'Torture Rack'.” BBC News, 23 April 2005.
[25] Gould, Stephen Jay. “Nonmoral Nature.” Hen's Teeth and Horse's Toes: Further Reflections in Natural History. New York: W. W. Norton, 1994. p. 32-44
[26] Ver, por ejemplo, las siguientes reseñas de artículos: (1) Smith, Jane A. “A Question of Pain in Invertebrates.” ILAR Journal, 33.1-2 (1991). (2) Dawrst, Alan. “Can Insects Feel Pain?” Essays on Reducing Suffering, 2009.
[27] Williams, Carrington Bonsor. Patterns in the Balance of Nature and Related Problems in Quantitive Ecology. London: Academic Press, 1964. vii, 324 p.
[28] Schubel, Jerry R.; Butman, Cheryl Ann. “Keeping a Finger on the Pulse of Marine Biodiversity: How Healthy Is It?” Nature and Human Society: The Quest for a Sustainable World. Washington, DC: National Academy Press, 1998. p. 84-103
[29] Bostrom, Nick. “Quantity of Experience: Brain-duplication and Degrees of Consciousness.” Minds and Machines, 16:2 (pp. 185-200), 2006.
[30] Solbrig, O. T.; Solbrig, D. J. Introduction to Population Biology and Evolution. London: Addison- Wesley, 1979. p. 37
[31] Dawkins, op. cit.
[32] Clarke, Matthew; Ng, Yew-Kwang. “Population Dynamics and Animal Welfare: Issues Raised by the Culling of Kangaroos in Puckapunyal.” Social Choice and Welfare, 27:2 (pp. 407-22), 2006. sec. 4.
[33] Ng, Yew-Kwang. “Towards Welfare Biology: Evolutionary Economics of Animal Consciousness and Suffering.” Biology and Philosophy, 10.4 (pp. 255-85), 1995. p. 272.
[34] Ng, op. cit.
[35] Dawkins, op. cit.
[36] Mitchel, T.R.; Thompson, L. “A Theory of Temporal Adjustments of the Evaluation of Events: Rosy Propsection and Rosy Retrospection.” En: Stubbart, C.; Porac, J.; Meindl, J. (eds.) Advances in Managerial Cognition and Organizational Information-Processing, 5. Greenwich: JAI Press, 1994. p. 85-114
[37] Singer, Peter. “Food for Thought.” [Respuesta a una carta de David Rosinger.] New York Review of Books, 20.10 (1973).
[38] Everett, Jennifer. “Environmental Ethics, Animal Welfarism, and the Problem of Predation: A Bambi Lover's Respect for Nature.” Ethics and the Environment, 6.1 (2001): 42-67. p. 48
[39] Cowen, Tyler. Policing Nature. 19 May 2001. p. 10
[40] Clarke, op. cit.
[41] Pimentel, David. “Pesticides and Pest Control.” En: Peshin, Rajinder; Dhawan, Ashok K. (eds.). Integrated Pest Management: Innovation-development Process. Netherlands: Springer, 2009. p. 83-88
[42] Dawrst, Alan. “Humane Insecticides: A Cost-Effectiveness Calculation.”. Essays on Reducing Suffering, 2009.
[43] Matheny, Gaverick; Chan, Kai M. A. “Human Diets and Animal Welfare: The Illogic of the Larder.” Journal of Agricultural and Environmental Ethics, 18:6 (pp. 579-94), 2005.
[44] Broom, Donald M. “Animal Welfare: Concepts and Measurement.” Journal of Animal Science, 69:10 (pp. 4167-4175), 1991.
[45] Se pueden encontrar referencias científicas excelentes sobre este asunto en: Shriver, Adam. “Knocking Out Pain in Livestock: Can Technology Succeed Where Morality Has Stalled?.”. Neuroethics, 2009. Para una discusión más especulativa y visionaria, ver, por ejemplo: Pearce, David. “The Abolitionist Project.” [adaptado a partir de charlas en el Future of Humanity Institute, y la 2007 Happiness Conference, organizada por Charity International].
[46] Se pueden encontrar estimaciones de la fracción de planetas con vida que siguen produciendo inteligencia en la ecuación de Drake.
[47] Burton, Kathleen. “NASA Presents Star-Studded Mars Debate.” 25 Mar. 2004.
[48] Meot-Ner, M.; Matloff, G. L. “Directed Panspermia: A Technical and Ethical Evaluation of Seeding the Universe.” Journal of the British Interplanetary Society, 32 (pp. 419-423), 1979.
[49] Guth, Alan. El universo inflaccionario: la búsqueda de una nueva teoría sobre los orígenes del cosmos. Madrid: Debate, 1999. ISBN 9788483061787.
[50] Ver por ejemplo: Sakai, Noboyuki [et al.] “Is It Possible to Create a Universe Out of a Monopole in the Laboratory?” Physical Review D, 74:2 (pp. 24-26), July 2006. Para una lista más detallada de referencias, ver: Dawrst, Alan. “Creating Infinite Suffering: Lab Universes.” Essays on Reducing Suffering, 2009.
[51] Dawkins, op. cit., p. 147
[52] Greger, Michael. “Why Honey Is Vegan.” Satya, Sept. 2005.


El argumento de la depredación (Charles K. Fink, 2005)

Charles K. Fink es Catedrático de Filosofía en la Universidad de Miami-Dade. En el siguiente artículo, Fink se ocupa de analizar el problema de la depredación.[1]

Nota: La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente que compartamos todas y cada una de las cuestiones expresadas por el mismo; sin embargo, consideramos interesante su publicación por la aportación que puede hacer a la causa del movimiento por los Derechos Animales (derecho a la salud/vida).



Una objeción común al vegetarianismo ético concierne a la moralidad de la relación depredador/presa. Según algunas críticas, los vegetarianos éticos no reconocen que los seres humanos son animales depredadores (aunque no carnívoros, al menos omnívoros) y que la carne es una parte natural de la dieta humana. Si es natural para los seres humanos comer carne, ¿cómo puede estar mal? En relación con esto existe la acusación de que los vegetarianos éticos están en la difícil posición de condenar, no sólo la depredación humana, sino todas las formas de depredación natural. Si debemos interferir en las operaciones de la industria cárnica o abolir la caza recreativa a causa del sufrimiento que estas prácticas causan a los animales, ¿no deberíamos interferir también en las operaciones de la naturaleza y proteger a las presas de los depredadores salvajes? La objeción formulada aquí es a veces llamada el "argumento de la depredación". A continuación examinaré tres versiones del argumento.

Una versión del argumento de la depredación descansa en una comparación entre la depredación humana y la depredación en la naturaleza. Para mucha gente no hay diferencia importante entre lo que los seres humanos hacen al comer carne y lo que los depredadores naturales hacen al matar a las presas para comer. Claramente un lobo no hace nada malo al matar ovejas para comer, ¿así que cuál sería el motivo por el que está mal que los seres humanos coman carne? Como Kent Baldner escribe, "si matar para comer es moralmente justificable para los depredadores naturales, lo mismo debería ser verdad para los depredadores humanos, si son cazadores individuales o granjas industriales corporativas"(2). Expuesto como un argumento, tenemos:

(1) Es moralmente aceptable para los animales salvajes matar presas.

(2) No hay diferencia importante entre la depredación humana y la depredación en la naturaleza.

Por lo tanto:

(3) Es moralmente aceptable para los seres humanos matar animales para comer.

Aunque esta es una objeción común al vegetarianismo ético, no es terriblemente difícil de refutar. ¿Es verosímil mantener que si el comportamiento es aceptable para los animales salvajes es también aceptable para los seres humanos? Esto parece dudoso. “Es extraño”, comentó una vez Peter Singer, “que los humanos, que se suelen considerar tan por encima del resto de los animales, estén dispuestos, si ello les favorece en sus preferencias alimenticias, a utilizar un argumento que implica que debemos considerar a los otros animales como inspiración moral y guía” (273).(1) El problema concierne a la segunda premisa. Muchos filósofos sostendrían que hay diferencias morales importantes entre los humanos y otros animales. Una diferencia es que los humanos son agentes morales (esto es, seres capaces de comprender los principios morales y de guiar su conducta como corresponde), mientras que otros animales (se supone que) no. Los animales carecen de recursos conceptuales para formarse juicios morales sobre su comportamiento. Por esta razón, puede ser permisible para los lobos matar ovejas para comer, pero no para los seres humanos hacer lo mismo. Los lobos no son agentes morales, mientras que los seres humanos lo son. Debido a que los lobos no son agentes morales, su comportamiento no puede ser evaluado moralmente; pero debido a que los seres humanos son agentes morales, sus acciones pueden ser evaluadas moralmente. Por lo tanto, el comportamiento que es moralmente neutral para los lobos, como matar ovejas, puede ser moralmente erróneo para los seres humanos.

Una diferente respuesta para el argumento de la depredación es sugerida por Stephen Sapontzis. Más que sostener que hay diferencias morales importantes entre humanos y otros animales, Sapontzis sugiere que las prácticas depredadoras de los animales salvajes pueden ser juzgadas como moralmente erróneas incluso si esos animales no son agentes morales. Considera el ejemplo de un niño pequeño (alguien que no es tampoco un agente moral) atormentando a un gato. Sapontzis escribe:

El niño quizá sea demasiado joven para reconocer y responder a obligaciones morales humanas. De todas formas, mientras esto puede influir nuestra evaluación de su carácter y la responsabilidad por sus acciones, no nos lleva a concluir que no hay nada malo en el suplicio que produce al gato. Por citar otro ejemplo, si determinamos que alguien es un delincuente psicótico, es decir, incapaz de distinguir lo correcto de lo erróneo, esto afecta a nuestra evaluación de su responsabilidad por sus acciones y si merece castigo por ellas. Sin embargo, no nos lleva a concluir que no había nada malo en esas acciones (28).

El punto de Sapontzis es que si alguien es o no es un agente moral tiene relevancia para cierta clase de juicios morales, como las asignaciones de responsabilidad moral, pero no para la evaluación moral de esas acciones de la persona. Si un niño atormenta a un gato, lo que el niño hace está mal con independencia de si el niño se da cuenta o no, y de si debe ser considerado responsable de sus acciones o no. Y si un gato atormenta a un pájaro, esto está mal también con independencia de si el gato se da cuenta o no, y de si debe ser considerado responsable de sus acciones o no. El niño y el gato simplemente no saben lo que hacen, pero esto no vuelve sus acciones moralmente neutrales. De modo similar, un lobo que se alimenta de ovejas puede no saber lo que hace, pero esto no hace las acciones del lobo moralmente neutrales. Si Sapontzis tiene razón, entonces no es dudosa la segunda premisa del argumento de arriba, sino más bien la primera, lo que es interesante.

Volvamos ahora a una versión ligeramente diferente del argumento. A veces el argumento de la depredación está basado en una consideración de lo que es natural, y en la moralidad de vivir según la naturaleza de uno. Si los seres humanos son por naturaleza omnívoros, ¿cómo puede estar mal que coman carne? Totalmente desarrollado en detalle, tenemos el siguiente argumento:

(1) No está mal que los depredadores naturales maten a otros animales para comer.

(2) Los seres humanos son depredadores naturales (es decir, comedores de carne por naturaleza).

Por lo tanto:

(3) No está mal que los seres humanos maten a otros animales para comer.

Esta versión del argumento, a diferencia del primero, no se basa en la comparación entre la depredación humana y la depredación en la naturaleza. Más bien descansa en el principio moral general, expresado en la primera premisa, de que si un animal es por naturaleza un comedor de carne —como se supone que los seres humanos son— entonces no hay nada malo en que los animales maten a otros animales para comer. Esto puede ser verdad incluso si hay diferencias morales importantes entre el comportamiento humano y el comportamiento animal. Por lo que esta versión del argumento no está necesariamente abierta a las mismas críticas que la primera.

Hay, de todas formas, graves problemas con el principio moral general subyacente a este argumento. No es poco frecuente sostener que si algo es natural, es moralmente aceptable, y esto parece ser lo que apoya la primera premisa del argumento. Pero no hay conexión conceptual obvia entre el comportamiento natural y el comportamiento moralmente correcto. Visto desde una perspectiva darwiniana, lo que ha formado el comportamiento animal durante la larga historia de la vida en este planeta es la lucha por la supervivencia. El comportamiento "natural", en este sentido, es simplemente cualquier comportamiento tiene más éxito en esta lucha competitiva, y esto no tiene nada que ver con promover ideales morales. Aquellas formas de comportamiento que favorecen más la transmisión de un material genético del animal a generaciones futuras, son preferidas, y aquellas formas de comportamiento que favorecen menos llegar a ese fin son relegadas. Por esta razón hay muchas formas de comportamiento que son perfectamente natural, es aunque bastante deplorables cuando son vistas desde un punto de vista moral. Es, por ejemplo, "natural" para el fuerte dominar al débil y para los animales participar en violentos rituales de apareamiento. Entre los seres humanos quizá incluso el racismo, el sexismo, la guerra y el genocidio son naturales. Aunque nadie sostendría que esas prácticas son moralmente inofensivas. Vivir una vida moral supone procurar dar lugar a un mundo mejor, no simplemente ajustarse a los modos de la naturaleza. Por lo tanto, la depredación quizá sea natural para muchos animales, incluyendo los seres humanos, y ello pese a ser moralmente inaceptable. Si el mundo fuera mejorado por una reducción del sufrimiento, y si la depredación contribuye a la cantidad de sufrimiento en el mundo, entonces sería mejor que la depredación no ocurriera si el resto de cosas permanecen igual.

Hay otros problemas con el argumento. Aunque algunos filósofos, como John Hill, sostienen que los seres humanos poseen características herbívoras y carnívoras, hay muchas razones, enraizadas en nuestro pasado fisiológico y evolucionista, para creer que los humanos no son verdaderos omnívoros. Si no lo somos, entonces la segunda premisa es falsa y el argumento colapsa. Otra objeción tiene que ver, no con el argumento en sí, sino con su aplicación a comer carne en Estados Unidos y otras naciones industrializadas. Nadie puede afirmar razonablemente que los métodos de las granjas industriales empleados en estos países son en algún sentido "naturales". Por lo tanto, en principio puede ser permisible para los seres humanos usar animales como comida, pero en la práctica actual, debido a los métodos empleados en la ganadería, puede estar todavía mal. El argumento parece proporcionar en el mejor de los casos una defensa de las prácticas cazadoras de subsistencia de los cazadores-recolectores, no de las granjas industriales en las naciones industrializadas. Finalmente, puede ser sostenido que la depredación es justificable para los seres humanos cuando no hay disponibilidad de alternativas moralmente preferibles. Así que, por ejemplo, puede ser aceptable para los inuit tradicionales matar animales para comer, dado que no existen alternativas, pero no sería permisible para los estadounidenses hacer lo mismo, dado que las alternativas vegetarianas están disponibles fácilmente.

Volvamos ahora a una versión muy diferente del argumento algunas veces denominado la "reducción de la depredación". Una reducción (más precisamente, una reducción al absurdo) es un argumento que intenta refutar alguna posición "reduciéndola al absurdo" (es decir, deduciendo de ella alguna consecuencia absurda o ridícula). La reducción de la depredación es un argumento que intenta refutar el vegetarianismo ético al deducir de él una consecuencia absurda implicando la abolición de la depredación natural. “Entre las implicaciones más inquietantes provocadas por la teoría indiscriminada convencional de liberación animal / derechos animales”, escribe J. Baird Callicott, “está que, si fuera posible para nosotros hacerlo, deberíamos proteger a los animales vegetarianos inocentes de sus depredadores carnívoros” (258). Esta acusación es realizada, de una forma u otra, contra el vegetarianismo ético. Plenamente desarrollada, la reducción de la depredación procede como sigue:

(1) Asumamos, junto con el vegetariano ético, que otros animales son miembros de la comunidad moral y, consecuentemente, que hay una obligación moral de aliviar el sufrimiento animal y aparte de eso proteger a los animales del daño.(2)

(2) Los depredadores salvajes dañan a las presas.

Por lo tanto:

(3) Si el vegetariano ético tiene razón, hay una obligación moral de prevenir la depredación en la naturaleza.
(4) Pero es absurdo suponer que hay dicha obligación.

Por lo tanto:

(5) El vegetariano ético está equivocado (es decir, los otros animales no son miembros de la comunidad moral).

El principio moral que explica este argumento es el Principio del Buen Samaritano: si otros necesitan asistencia y nosotros estamos en una posición de ayudar, deberíamos.(3) "Otros" en este contexto significa otros miembros de la comunidad moral. Según el vegetariano ético, esta categoría incluye a la gran clase de animales no humanos. Por lo tanto, al igual que deberíamos ayudar a un ser humano en estado de necesidad, debemos ayudar a otro animal igualmente en estado de necesidad. Considera, por ejemplo, cuál sería nuestra reacción si otro ser humano fuera atacado por un animal salvaje. Mantenerse al margen y no hacer nada estaría obviamente mal. Siempre que sea posible tenemos una obligación moral de proteger a todos los miembros de la comunidad moral del daño, si este resulta de un crimen, accidentes, enfermedad, desastres naturales o animales salvajes. Por lo tanto, tenemos una obligación de proteger a los seres humanos de los depredadores. El problema para el vegetariano ético es que si los animales son miembros de la comunidad moral, por pasos paralelos en el razonamiento llegamos a la conclusión de que las presas deberían ser protegidas de los depredadores. ¿Pero cómo puede alguien mantener razonablemente que hay una obligación de abolir la depredación natural? Dado que esta conclusión es inaceptable, la asunción sobre la que descansa es también inaceptable. Los animales, en otras palabras, no son miembros de la comunidad moral.

A pesar de su aparente ingenuidad, la reducción de la depredación no puede ser fácilmente rechazada, como muchos filósofos han intentado hacer. "La respuesta corta y simple", escribe Singer, tras formular la cuestión de la depredación de presas, "es que, una vez que hemos abandonado nuestra pretensión de «dominar» a las otras especies, deberíamos abstener nos por completo de interferir en sus vidas, dejarles en paz en la medida de lo posible. Habiendo abandonado el papel de tiranos, tampoco deberíamos intentar ser Dios". (275). Pero esta respuesta rápida es difícilmente consistente con la propia afirmación de Singer de que el sufrimiento animal tiene que ser considerar igualmente que el sufrimiento humano. Si los animales, no menos que los seres humanos, son miembros de la comunidad moral, no estamos "interfiriendo" con ellos al protegerlos del daño; más bien estamos respondiendo a sus necesidades y mostrando tanta preocupación por sus intereses como por los intereses de otros seres humanos.

Singer admite que esta respuesta corta y simple es inadecuada. Es concebible, concede, “que la interferencia humana mejore las condiciones de los animales y que, por tanto, esté justificada.” Pero continúa:

Juzgando por nuestra propia historia, cualquier intento de cambiar los sistemas ecológicos a gran escala va a acarrearnos más daños que beneficios. Por esa razón, aunque fuera la única, es cierto decir que salvo en unos pocos casos muy limitados ni podemos ni debemos intentar controlar toda la naturaleza. Ya hacemos bastante si eliminamos por nuestra parte las muertes innecesarias y la crueldad con otros animales". (275).

Seguramente Singer no diría que "hacemos suficiente" por otros seres humanos si eliminamos nuestra propia innecesaria matanza y crueldad hacia ellos.(4) ¿Entonces cómo es que hacemos suficiente por los otros animales al abstenernos de estas prácticas? ¿Por qué, en otras palabras, deberíamos intervenir de parte del ser humano, pero sencillamente dejar a los otros animales solos? Para ser sincero, Singer no puede decir esto. Para Singer el vegetarianismo es una forma de boicot asumida con el propósito de de acabar con el sufrimiento de los animales en las granjas industriales. Al comprar productos cárnicos, los consumidores no dañan ellos mismos directamente a animales; más bien la industria cárnica hace esto. La obligación que los consumidores tienen de hacerse vegetarianos, por lo tanto, no está basada en la obligación de abstenerse de dañar animales, sino en la obligación de proteger a los animales del daño.(5) Si debemos proteger animales de los daños causados por la industria cárnica, ¿por qué no debemos protegerlos de los daños causados por los depredadores naturales? Puede ser verdad que intervenir a gran escala en el funcionamiento de la naturaleza haría más mal que bien; pero de esto no se sigue que no debemos hacer nada, o intervenir en solamente en unos "pocos y muy limitados casos". Esto es pensar en blanco y negro. En todo caso, la respuesta de Singer no capta la idea. La cuestión importante es si el vegetarianismo ético supone una obligación moral de proteger a las presas. Incluso si esta obligación es invalidada por otras consideraciones en la mayoría de los casos, el punto de la reducción de la depredación es que es absurdo suponer que para empezar hay dichas obligaciones. Si es una consecuencia de la visión moral de Singer que hay dicha obligación, incluso uno que es normalmente invalidada, entonces debe de alguna manera disipar el aparente absurdo de esta consecuencia.

Tom Regan enfoca el problema de una forma diferente, sosteniendo que no hay obligación de prevenir la depredación en la naturaleza porque los depredadores salvajes no son agentes morales y, por lo tanto, no pueden violar los derechos de las presas. En The Case for Animal Rights escribe:

Solamente los agentes morales pueden tener deberes, y esto porque solamente esos individuos tienen la habilidades cognoscitivas y de otro tipo necesarias para ser considerado moralmente responsable por lo que hacen o dejan de hacer. Los lobos no son agentes morales. No pueden emplear razones imparciales que sean aplicadas en su toma de de decisión; esto es, no pueden aplicar el principio formal de justicia ni ninguna de sus interpretaciones normativas. Dado eso, los lobos en particular y los pacientes morales generalmente no pueden ellos mismos de modo significativo tener obligaciones hacia nadie ni, por lo tanto, la obligación particular de respetar los derechos poseídos por otros animales. Al afirmar que tenemos una obligación una prima facie de ayudar a aquellos animales cuyos derechos son violados, por lo tanto, no estamos sosteniendo que tengamos una obligación de ayudar a la oveja contra el ataque del lobo, dado que el lobo no puede violar ni dejar de violar los derechos de nadie (285).

Puede ser o puede no ser verdad que los lobos violan el derecho de las ovejas, pero seguramente esta no es la única consideración relevante para decidir si hay una obligación de proteger a las ovejas de los lobos. De nuevo, considera cuál sería nuestra reacción si un ser humano fuera atacado por un animal salvaje. Nadie puede razonablemente afirmar que debido a que un animal salvaje no es un agente moral y no puede por lo tanto violar el derecho de nadie, esto nos dispensa de cualquier obligación de ir a ayudar a la persona. Tenemos una obligación moral de proteger a todos los miembros de la comunidad moral del daño, cuando sea posible, venga o no venga el daño de agentes morales. Si las ovejas son miembros de la comunidad moral, se sigue desde luego que hay una obligación de protegerlas de los lobos, violen o no sus derechos.

¿Cómo puede el vegetariano refutar satisfactoriamente la reducción de la depredación? Una posibilidad es sugerida por nuestra discusión de Singer. Quizá la obligación de hacerse vegetariano no está basada en la obligación de proteger a los animales del daño, sino en la obligación de protegerlos del daño innecesario. Esto indica una distinción importante entre ganadería y depredación natural. Mientras que los depredadores salvajes deben matar a otros animales para comer o, si no, morir de hambre, para la amplia mayoría de la gente la carne es simplemente un lujo. Si hay una diferencia moralmente importante, entonces puede no ser obligatorio prevenir la depredación natural incluso si es obligatorio boicotear los productos de la ganadería. Sin embargo, un defecto serio de esta respuesta es que no explica por qué deberíamos todavía proteger a otros seres humanos de los depredadores, como se supone que deberíamos hacer. Los seres humanos no están por naturaleza en la cúspide de la cadena alimenticia. A lo largo de la mayor parte de la historia humana (e incluso hoy en algunas partes del mundo), los seres humanos fueron las presas naturales de los grandes felinos y otros depredadores. Si los animales, no menos que otros seres humanos, son miembros de la comunidad moral y merecen nuestra compasión, entonces no podemos sostener coherentemente que deberíamos proteger a los humanos pero no a los animales de los estragos de la depredación.(6)

La única posibilidad restante parece que es rechazar la cuarta premisa de la reducción (es decir, reconocer que el vegetarianismo ético supone una obligación de prevenir la depredación natural, pero negar lo absurdo de esta consecuencia). Esta, por ejemplo, es la posición defendida por Stephen Sapontzis y criticada por Kent Buldner. Sapontzis sostiene que estamos moralmente obligados a prevenir la depredación en la naturaleza, al menos mientras haciéndolo no produzcamos más sufrimiento del que prevendríamos. Baldner, razonando desde el punto de vista de una ética holista, afirma que una obligación de prevenir la depredación natural es moralmente absurda. Suponer que la depredación es inaceptable, como Sapontzis hace, implica que hay algo moralmente repugnante sobre la naturaleza. Para Baldner dicha postura es profundamente arrogante.

Sin comentar más el intercambio de palabras entre Sapontzis y Baldner, examinemos brevemente la acusación de que la obligación de prevenir la depredación natural es moralmente absurda. ¿Qué significa esto exactamente? Parece haber dos posibilidades. Primero, puede suponer que la obligación de proteger a las presas de los depredadores naturales es intrínsecamente absurda, como la obligación de proteger a las rocas de la erosión natural, o proteger al agua de la evaporación. Simplemente no tiene sentido moral en absoluto. Segundo, puede suponer que dicha obligación, aunque moralmente significativa, es sin embargo incompatible con nuestras convicciones morales más profundas. No nos debería sorprender que los holistas éticos, como Baldner y Callicott, cuyo punto de vista moral está formado por la ética de la tierra de Aldo Leopold, insistirían en que la obligación de proteger a las presas de los depredadores naturales es moralmente absurda. Según Leopold, "una cosa es correcta cuando tiene a preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Es errónea cuando tiende a lo contrario” (224-5). Para Leopold el sufrimiento soportado por las presas no es en sí mismo una buena razón moral para interferir en las operaciones de la naturaleza. Es el bien de toda la comunidad de vida lo que tiene importancia moral, no el bien de cualquier ser vivo individual. Si la relación depredador/presa, en todas sus múltiples formas, contribuye a la "integridad, estabilidad y belleza" de la naturaleza, como podría decirse que hace, entonces para Leopold debería ser preservada.

¿Es la obligación de proteger a las presas moralmente absurdo en uno de estos sentidos? Hay ejemplos que sugieren lo contrario. Considera el caso de un insecto, conocido como cephenemyia trompe, cuyas larvas se alimentan y crecen en las ventanas de la nariz del reno, asfixiando lentamente a los animales hasta la muerte.(7) Si dicho parasitismo pudiera ser eliminado sin coste importante para nosotros mismos y sin perturbar el equilibrio de la naturaleza, deberíamos hacerlo? Aunque podemos dudar en interferir en el ciclo vital del cephenomyia trompe, ¿cómo no podemos tener compasión por un animal muriendo de una muerta lenta por asfixia? ¿Sería intrínsecamente absurdo o incompatible con nuestras convicciones morales más profundas sugerir que debemos tener compasión ante esta terrible experiencia? Claramente no. La diferencia entre proteger a las rocas de la erosión y proteger a los animales de la depredación es que las rocas no sufren de la erosión, mientras que los animales ciertamente sí sufren de la depredación. Si el sufrimiento animal cuenta para algo en el equilibro moral, entonces el hecho de que los animales sufren de la depredación constituye una buena razón moral para prevenirlo, y una por que debemos seguir, a menos que otras consideraciones sean factores en contra de esta. Como Singer observa, hay razones para suponer que cualquier intento de alterar el sistema ecológico a gran escala haría más mal que bien.(8) De todos modos no es intrínsecamente absurdo suponer que hay una obligación de proteger a los animales de los depredadores naturales, incluso si esta obligación tiene limitada aplicación práctica. Ni entra en conflicto con nuestras convicciones morales más profundas (excepto quizá en el caso de los holistas éticos). Si una de estas convicciones es que debemos esforzarnos por reducir la cantidad de sufrimiento en el mundo, entonces ayudar a las presas por lo menos en algunos casos es una forma en la cual esto puede ser logrado.


Fuente: pensamientovegano.files.wordpress.com - El argumento de la depredación
Fuente original: cla.calpoly.edu - The Predation Argument



NOTAS Y REFERENCIAS

RespuestasVeganas.Org: La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente que comparta todas y cada una de las cuestiones expresadas en el mismo; sin embargo, considero interesante su publicación por la aportación que puede hacer a la reflexión ética.

(1) Todas las referencias al trabajo de Singer son de Liberación animal, a menos que se indique otra cosa.
(2) Esto debería ser interpretado como una obligación prima facie. En otras palabras, el hecho de que un animal esté amenazado de un daño constituye una buena razón moral —que puede ser superada o no por otras consideraciones moralmente relevantes— para ayudar al animal. (Sobre la interpretación de los principios morales adoptados aquí, un principio moral no expresa una obligación moral sin excepciones, sino más bien una razón moral para la acción. Si tenemos una buena razón moral para hacer algo, entonces debemos actuar sobre esa razón, si es posible, a menos que tengamos mejores razones morales para no hacerlo. Lo más justo es actuar según las mejores razones morales en cualquier situación.)
(3) De nuevo, esto debería ser interpretado como una obligación prima facie. Si ayudar a una persona envuelta supusiera dañara a otra directamente, esto contaría como una buena razón moral para no intervenir. Esto es desde luego relevante al asunto de la protección de presas. Extender la protección a las presas bien puede suponer condenar a los animales depredadores a la muerte por hambre.
(4) En el Capítulo 8 de Ética práctica, por ejemplo, Singer sostiene que las naciones ricas deberían intervenir para ayudar a acabar con el hambre en las naciones pobres. Aquellos que mueren de hambre no son los objetivos de la matanza innecesaria y la crueldad, sino las víctimas de la desatención culpable.
(5) Esta afirmación es discutible. Aunque es verdad que los consumidores no dañan directamente a los animales de granja al comprar productos cárnicos, podemos preguntarnos si los dañan indirectamente. Dejo que el lector decida. Mi punto es que para Singer ser vegetariano es una forma de prevenir la crueldad producida a los animales por la industria cárnica, y es, en este sentido, una forma de proteger a los animales del daño.
(6) Un modo en que podemos intentar resolver esta inconsistencia es sosteniendo que la vida humana (normalmente) tiene mayor valor que la vida animal. Aunque podemos no ser capaces de escoger entre la vida de una oveja y la vida de un lobo (que se come a la oveja o a otra presa para sobrevivir), sin duda podemos elegir entre la vida de un ser humano (normal) y la vida de un lobo (o algún otro depredador natural). Esto puede explicar por qué no sería inconsistente proteger a los seres humanos de los depredadores naturales, pero no a otros animales. Esta es una posición verosímil, pero considera el siguiente caso imaginario. Supón que La Tierra fuera invadida por extraterrestres carnívoros que pudieran satisfacer sus necesidades nutricionales solamente al consumir carne humana. Supón además que esos extraterrestres sobrepasan en mucho a los seres humanos en inteligencia, racionalidad, etc., así que la vida extraterrestre fuera juzgada como más valiosa que la de los seres humanos. ¿No tendríamos la obligación, por este motivo, de proteger a los seres humanos de esos depredadores extraterrestres?
(7) Este ejemplo es tratado por Arne Naess en “Should We Try To Relieve Clear Cases of Extreme Suffering in Nature?”.
(8) Aunque Singer no es específico sobre estas razones, dos son bastante obvias. Primero, como ya se ha señalado, extender la protección a las presas incluiría lo más seguro condenar a un número indefinido de depredadores a la muerte por hambre. Segundo, segregar exitosamente a los depredadores de las presas requeriría restringir enormemente la libertad de estos animales, así que se reduciría la calidad de sus vidas. Una consideración adicional es que la energía y recursos invertidos en cualquier esfuerzo a gran escala para proteger a las presas estarían casi con seguridad mejor utilizados en la preservación y restauración de hábitats salvajes. Como una política general, hacemos más bien para los animales al protegerlos de la invasión humana que al protegerlos de los depredadores naturales.

- Baldner, Kent. “Realism and Respect,” Between the Species (Winter 1990: 1-7).
- Callicott, Baird. “Animal Liberation and Environmental Ethics: Back Together Again”. En: - Hargrove, Eugene (ed.). The Animal Rights/Environmental Ethics Debate. Albany: State University of New York Press, 1992.
- Hill, John. The Case for Vegetarianism: Philosophy for a Small Planet. Maryland: Rowman and Littlefield, 1996.
- Leopold, Aldo. A Sand County Almanac. New York: Oxford University Press, 1987.
- Naess, Arne. “Should We Try To Relieve Clear Cases of Extreme Suffering in Nature?”. Pan Ecology, vol. 6, no. 1, Winter 1991.
- Sapontzis, Stephen. “Predation". Ethics and Animals, Vol. 5, 1984: 27-38.
- Singer, Peter. Liberación animal. Madrid: Trotta, 1999.
- Regan, Tom. The Case for Animal Rights. California: University of California Press, 1983.