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Depredadores: una respuesta (Jeff McMahan, septiembre 2010)

Jeff McMahan es profesor de filosofía en la Universidad de Rutgers y colaborador honorífico del Center for Human Values en la Universidad de Princeton. Es autor de varios trabajos sobre ética y filosofía política, incluidos “The Ethics of Killing: Problems at the Margins of Life” (“La ética del asesinato: problemas en los márgenes de la vida”) y “Killing in War” (“Matar en la guerra”). Después de que The New York Times publicara su artículo “The Meat Eaters” (“Los carnívoros”) en el que abordaba cuestiones éticas sobre el problema de la depredación[1], McMahan respondió a algunos comentarios mediante el siguiente artículo titulado “Predators: A Response”  (“Depredadores: una respuesta”).

Nota: La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente que compartamos todas y cada una de las cuestiones expresadas por el mismo; sin embargo, consideramos interesante su publicación por la aportación que puede hacer a la causa del movimiento por los Derechos Animales (derecho a la salud y a la vida).



Hay algunas respuestas a los argumentos de mi publicación que se repiten con una frecuencia sorprendente a lo largo de los comentarios. Las siguientes cuatro objeciones, listadas en orden de su frecuencia relativa de aparición, son las más comunes.

1. Si los depredadores fueran a desaparecer de una cierta región, las poblaciones herbívoras en ese área se expandirían rápidamente, reduciendo la vegetación comestible, y, de ese modo, provocando finalmente más muertes entre los herbívoros por inanición o enfermedad que la que de otro modo sería producida por depredadores. Y la inanición y enfermedad normalmente suponen más sufrimiento que ser despachado rápidamente por un depredador.
2. ¿Deberían los seres humanos ser los primeros en desaparecer?
3. ¿Qué hay del sufrimiento de las plantas?
4. ¿Qué hay de las bacterias, virus e insectos?

Mi propia respuesta se centrará principalmente en la primera de estas objeciones y en las maneras en que el argumento podría continuar después de que la objeción haya sido indicada.

En los párrafos sexto, séptimo y octavo de mi artículo original, anticipé la primera objeción. Escribí:

Supón que pudiéramos organizar la extinción gradual de las especies carnívoras, reemplazándolas por herbívoras. O supón que pudiéramos intervenir genéticamente, para que las especies actualmente carnívoras evolucionaran gradualmente a herbívoras, realizando así la profecía de Isaías. Si pudiéramos traer el fin de la depredación por uno u otro de estos medios con un pequeño coste para nosotros mismos, ¿deberíamos hacerlo?

Por supuesto, reconozco que sería imprudente intentar dichos cambios dado el estado actual de nuestros conocimientos científicos. Nuestra ignorancia de las ramificaciones potenciales de las intervenciones en el mundo natural permanece profunda. Los esfuerzos por eliminar ciertas especies y crear nuevas tendrían muchos efectos imprevisibles y potencialmente catastróficos.

Quizá uno de los escenarios más benignos es que la acción para reducir la depredación crearía un distopía maltusiana en el mundo animal, con tasas de nacimiento más altas entre los herbívoros, superpoblados, y recursos insuficientes para sostener las poblaciones más grandes. En lugar de ser matados rápidamente por depredadores, los miembros de las especies que una vez fueron presas morirían lenta y dolorosamente, y en un número mayor, de inanición y enfermedad.

Después de presentar la objeción, volví a ella seis veces en el curso de las 1.900 palabras restantes del artículo. Esas referencias acentúan típicamente que mi argumento toma una forma condicional, esto es, mi argumento tiene implicaciones prácticas solo si pudiéramos tener un alto grado de confianza en que los problemas del tipo que identifiqué podrían ser evitados. Pero se presenta esta misma objeción repetidas veces en los comentarios, normalmente con lamentos sobre mi terrible ignorancia en biología y ecología, como si no fuera consciente de que hay una refutación obvia y devastadora de todo lo que había dicho. Volveré a este hecho sobre la naturaleza del comentario al final de esta respuesta.

Entre aquellos comentaristas que realmente leyeron el artículo, y, por lo tanto, eran conscientes de que había reconocido la objeción, unos pocos llevaron el argumento un paso más lejos. Comprendieron que mi argumento era condicional, pero afirmaron que la condición relevante nunca podría ser obtenida. Sostuvieron que nunca seremos capaces de eliminar la depredación sin producir una disrupción ecológica catastrófica y, por lo tanto, incluso más sufrimiento de que podríamos haber prevenido. Si tienen razón, mi artículo quizás presenta un interesante experimento mental que podría habernos llevado a reflexionar sobre nuestros valores (aunque no lo hizo), pero está en esencia vacío de significado práctico. Estos lectores fueron demasiado educados como para señalar que su predicción también pone a Isaías a una luz bastante decepcionante en su rol como profeta.

Sin embargo, mi asunción en el artículo era que nuestra comprensión de las ciencias biológicas y ecológicas bien podría avanzar más allá de lo que hoy consideramos posible. Esto ha ocurrido repetidamente en la historia de la ciencia, como cuando Rutherford, el primero en separar el átomo, dijo en 1933 que todo el que pensara que la separación del átomo podría ser una fuente de poder estaba diciendo “sandeces”. Dado que no podemos tener la certeza de que nunca seremos capaces de reducir o eliminar la depredación sin desastrosos efectos secundarios, es importante pensar con antelación sobre cómo podríamos de manera prudente emplear un poder de intervención más refinado si fuéramos capaces de adquirirlo.

Parece, además, que mi argumento tiene alguna relevancia para las elecciones que debemos hacer incluso ahora. Hay algunas especies de grandes animales depredadores, como el tigre siberiano, que están actualmente en peligro de extinción. Si no hacemos nada para preservarlo, el tigre siberiano como especie podría extinguirse pronto. El número de tigres siberianos extintos ha sido bajo durante un tiempo considerable. Cualquier disrupción ecológica ocasionada por su cantidad menguante ha ocurrido en gran parte o está ya ocurriendo. Si su número en la naturaleza declina de varios cientos a cero, el impacto de su desaparición en la ecología de la región será casi insignificante. Supón, sin embargo, que pudiéramos repoblar su amplio hábitat anterior con tantos tigres siberianos como había durante el período en el cual crecieron en gran número, y que esa población pudiera ser sostenida de manera indefinida. Eso supondría que los animales herbívoros en el área repoblada extensiva vivirían de nuevo, y por un tiempo indefinido, con miedo, y que un número incalculable moriría con terror y agonía mientras fuera devorado por un tigre. En un caso como este, podemos en efecto enfrentarnos al tipo de dilema sobre el que llamé la atención en mi artículo, en el cual hay un conflicto entre el valor de preservar especies existentes y el valor de prevenir el sufrimiento y la muerte prematura de una enorme cantidad de animales.

Muchos de los comentaristas dijeron, en efecto: “Deja a la naturaleza sola; el curso de los eventos en el mundo natural será mejor sin intervención humana”. Dado que los esfuerzos por repoblar su hábitat original con grandes cantidades de tigres siberianos podría requerir una intervención masiva en la naturaleza, este punto de vista anti-intervencionista podría implicar en sí mismo que deberíamos permitir que el tigre siberiano se extinga. Pero supón que los tigres siberianos restauraran finalmente por sí solos su anterior número si los seres humanos simplemente los dejaran solos. Supongo que la mayoría de la gente encontraría eso deseable. ¿Pero es así porque nuestros prejuicios humanos nos ciegan ante la importancia del sufrimiento animal? Los tigres siberianos no son, de hecho, particularmente agresivos hacia los seres humanos, pero pongamos por caso que lo fueran. Y supón que hubiera grandes cantidades de personas pobres viviendo en condiciones primitivas y vulnerables en las áreas donde los tigres siberianos podrían resurgir, por lo que muchas de estas personas estarían amenazadas de mutilación y muerte si los tigres no se extinguieran o no se los mantuviera en cautividad. ¿Aún dirías “deja a la naturaleza sola, deja que los tigres redoblen sus anteriores hábitats”? ¿Y si tú fueras una de las personas en la región, por lo que tus hijos o nietos podrían estar entre las víctimas? ¿Y cuál sería tu reacción si alguien abogara por la proliferación de tigres al señalar que sin tigres para mantener la población humana bajo control, tú y los otros criaríais de manera incontinente y sobrecultivaríais la tierra, por lo que finalmente tu población tendría que ser controlada por el hambre y la epidemia? Podrían decir que es mejor dejar que la naturaleza haga el trabajo de diezmar a la multitud humana en tu región por medio del tigre siberiano. ¿Estarías de acuerdo?

De hecho, no podemos dejar a la naturaleza sola. Somos partes de ella, tanto como cualquier otro animal. De manera más importante, no podemos ayudar sino tener un impacto masivo y omnipresente en el mundo natural dada nuestra cantidad. Las prácticas agrícolas necesarias para nuestra supervivencia constituyen una invasión continua y la ocupación de tierras habitadas previamente por otros. Una sugerencia explícita de mi artículo era que sería mejor intentar controlar nuestro impacto en el mundo natural de una manera decidida, guiada por la inteligencia y los valores morales, incluyendo el valor del sufrimiento decreciente, más que continuar permitiendo que la manera en que afectamos al mundo natural, incluyendo la extinción de especies, esté determinada por la inadvertencia ciega (como, por ejemplo, en el caso de muchas extinciones de especies animales que serán producidas por el cambio climático global).

Algunos comentaristas apuntaron de manera interesante que incluso si los depredadores se extinguieran en una determinada área sin catástrofe ambiental, nuevos depredadores evolucionarían finalmente allí para llenar el nicho ecológico que habría sido dejado vacante, restaurando por lo tanto todo el lúgubre ciclo. Pero incluso si esto fuera a ocurrir, la evolución de las especies puede llevar un largo tiempo, y un largo intervalo sin depredación podría ser un bien importante, al igual que la prevención de una guerra puede ser un gran bien incluso si no hace nada por prevenir otras guerras en el futuro. De manera más importante, no es precisamente plausible suponer que podríamos tener la capacidad de eliminar una especie depredadora de un área pero careceríamos de la capacidad, incluso en un futuro lejano cuando nuestros expertos científicos habrían avanzado incluso más lejos, de prevenir el surgimiento de una nueva especie depredadora.

Considera las otras tres repuestas que aparecen de manera repetida en los comentarios. Algunos lectores sugirieron que mi argumento implica que deberíamos esperar conseguir la extinción de la especie humana carnívora, la especie que produce mucho más sufrimiento a otros animales que cualquier otra especie. La mayoría tomó eso como una reducción al absurdo de mi argumento, pero unos pocos parecían pensar que deshacerse de los seres humanos sería una buena idea. Para aquellos que desean continuar con esta cuestión, recomiendo la contribución de Peter Singer en The Stone (“Should This Be the Last Generation?”, 6 de junio de 2010). Mi propia respuesta puede ser bastante breve. Los seres humanos no son carnívoros en sentido relevante, sino omnívoros, y en la mayoría de casos pueden elegir vivir sin atormentar y matar a otros animales, una opción que no es una posibilidad biológica para genuinos carnívoros. Mi propio punto de vista es que la extinción de los seres humanos sería el peor evento que posiblemente podría ocurrir, aunque no argumentaré a favor del mismo aquí.

¿Qué hay del sufrimiento de las plantas? De nuevo una breve respuesta: las plantas no sufren, aunque responden a estímulos de manera que algunos han confundido con una respuesta al dolor. Lo que fue más escandoloso de la repetida invocación al sufrimiento de las plantas es que no dio lugar a reflexiones sobre lo que serían las implicaciones morales de que las plantas sufrieran. El gesto de los comentaristas hacia el alegado sufrimiento de las plantas no parecía más que un movimiento retórico en su ataque a mi argumento. Pero si alguien se convenciera, como algunos de los comentaristas parecen estar convencidos, de que las plantas son conscientes, sienten dolor y experimentan sufrimiento, eso debería lugar a la reconsideración seria de la permisibilidad de incontables prácticas que siempre hemos asumido como benignas. Si realmente creyeras que las plantas sufren, ¿continuarías pensando que es perfectamente aceptable cortar el césped?

Finalmente, mi respuesta a los recurrentes cuestionamientos al respecto de microbios e insectos es análoga a las que ofrecí a las solicitudes de las personas sobre las plantas. Como las plantas, los microbios no sufren. No pienso que sepamos todavía si muchos tipos de insectos lo hacen. Si, en condiciones controladas, alguien quita la pata o ala de una mosca mientras se está alimentando o limpiando, esta llevará a cabo su actividad como si nada hubiera sucedido. Pero supón que los insectos realmente sufrieran, quizá de manera muy intensa. ¿No debería eso provocar serias reflexiones morales más que ser utilizado como un mero punto de debate?

Antes señalé que, de lejos, la objeción más común a mi artículo era que yo ignoraba las consecuencias probables de la eliminación o incluso la mera reducción de la depredación. Si tienes paciencia, revisa los primeros 152 comentarios a mi artículo. Encontrarás esta objeción señalada en 28 de ellos, es decir, en cerca del 20 por ciento. Dado que explícitamente indiqué y traté esa objeción, y más tarde volví a ella seis veces, parece claro que muchos, y probablemente la mayoría, de los lectores del artículo dieron solamente una rápida mirada antes de abalanzarse sobre el teclado para echarme una buena bronca. Pero al menos aquellos que replicaron a la objeción que yo había señalado merecen crédito por decir algo de sustancia. Lo que es particularmente descorazonador es que sus comentarios están enormemente superados por aquellos que no hicieron referencia a mis argumentos y no mencionaron en ningún momento algo sustancial, sino que, en lugar de eso, consisten enteramente en insultos e invectiva. Si tomas tus propias convicciones morales en serio, la manera de responder a un cuestionamiento de ellas es tener la seguridad de que comprendes el cuestionamiento, y entonces intentar refutar los argumentos por ello. Si no puedes responder al cuestionamiento excepto burlándote de quien las cuestiona, ¿cómo puedes mantener la confianza en tus propias creencias?



Los carnívoros (Jeff McMahan, septiembre 2010)

Jeff McMahan es profesor de filosofía en la Rutgers University y colaborador de investigación visitante en el Center for Human Values de la Universidad de Princeton. Es autor de numerosos trabajos sobre ética y filosofía política, incluidos “The Ethics of Killing: Problems at the Margins of Life” (“La ética del asesinato: problemas en los márgenes de la vida”) y “Killing in War” (“Matar en la guerra”). En septiembre de 2010, The New York Times publicó su artículo “The Meat Eaters” en el que aborda cuestiones éticas sobre el problema de la depredación.[1]

Varios internautas escribieron comentarios al artículo, lo que llevó a Jeff McMahan a responderlos en el artículo “Predators: A Response” (“Depredadores: una respuesta”).

Nota: La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente que compartamos todas y cada una de las cuestiones expresadas por el mismo; sin embargo, consideramos interesante su publicación por la aportación que puede hacer a la causa del movimiento por los Derechos Animales (derecho a la salud/vida).



Visto desde la distancia, el mundo natural presenta a menudo una visión de sublime y majestuosa placidez. Pero bajo el follaje y, oculta a esa visión distante, una enorme e incesante matanza ruge. Donde quiera que haya vida animal, los depredadores están acechando, persiguiendo, capturando, matando y devorando a su presa. El sufrimiento agonizante y la muerte violenta son omnipresentes y continuos. Esta carnicería oculta sirve como base para el pesimismo filosófico de Schopenhauer, quien sostenía que “una prueba simple para la afirmación de que el placer es mayor que el dolor en el mundo… es comparar las sensaciones de un animal que está devorando a otro con los de ese animal que está siendo devorado”.

El sufrimiento continuo, incalculable, de los animales es también un elemento importante pero en gran parte descuidado en el tradicional “problema del mal” teológico (el problema de reconciliar la existencia del mal con la existencia de un dios benevolente, omnipotente). El sufrimiento de animales es particularmente desafiante porque no es susceptible a las explicaciones paliativas conocidas del sufrimiento humano. Se asume que los animales no tienen libre albedrío, y que, de esta manera, son incapaces de de elegir el mal o merecer sufrirlo. También se asume que no tienen almas inmortales; por lo tanto, no puede haber esperanza de que serán compensadas por su sufrimiento en una vida celestial después de la muerte. Ni parece que sean visiblemente elevados o ennoblecidos por el sufrimiento final que soportan en las fauces del depredador. Los teólogos han tenido suficientes problemas explicando a la multitud por qué un dios cariñoso les permite sufrir. Pero sus trabajos no terminarán incluso si son finalmente capaces de justificar los caminos de Dios al hombre, puesto que Dios debe responder también ante los animales.

Si yo hubiera estado en la posición de diseñar y crear un mundo, habría intentado organizarlo de manera que todos los individuos conscientes fueran capaces de sobrevivir sin atormentar y matar a otros individuos conscientes. Confío en que la mayoría del resto de personas habría hecho lo mismo. Desde luego que ésta y otras ideas relacionadas han sido consideradas desde que los seres humanos empezaron a reflexionar sobre la aterradora naturaleza de su Mundo (por ejemplo, cuando el profeta Isaías, al escribir en el siglo VIII a. C., esbozó algunos elementos de su utópica visión). Empezó con el abandono popular de la guerra: “Volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”. Pero los seres humanos no serían los únicos en cambiar, sino que los animales se unirían a nosotros en el veganismo universal: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja”. (Isaías 2:4 y 11:6-7)

Por supuesto, Isaías estaba mirando al futuro más que enredarse en fantasías caprichosas sobre hacer un trabajo mejor que la Creación, y nosotros deberíamos hacer lo mismo. Deberíamos empezar abandonando nuestra propia participación en la masiva orgía de depredación y alimentación sobre el débil.

Nuestra propia forma de depredación es, por supuesto, más refinada que la del resto de carnívoros, quienes deben capturar a su presa despezadándola mientras esta lucha por escapar. En su lugar, empleamos a profesionales para criar a nuestra presa en cautividad y preparar sus cuerpos para nosotros tras un velo de decoro, para que nuestra sensibilidad esté libre del reconocimiento de que también somos depredadores, de dientes si no garras enrojecidos (aunque algunos de nosotros, por razones que nunca he comprendido, se molestan en pintar sus garras ancestrales de un color sanguinario). La realidad tras el velo es, sin embargo, mucho peor que la del mundo natural. Nuestras granjas industriales, que suministran la mayoría de la carne y los huevos consumidos en las sociedades desarrolladas, infligen una vida de miseria y tormento sobre nuestra presa, en contraste con la relativamente breve agonía soportada por las víctimas de los depredadores en la naturaleza. Desde la perspectiva moral, no hay nada que se pueda decir de manera plausible en defensa de esta práctica. Al tener derecho a considerar por nosotros mismos, como seres civilizados, debemos, como el león moralmente reformado de Isaías, comer paja como el buey o, al menos, el equivalente moral de la paja.

¿Pero deberíamos ir más lejos? Supón que pudiéramos organizar la extinción gradual de las especies carnívoras, reemplazándolas por herbívoras. O supón que pudiéramos intervenir genéticamente, para que las especies actualmente carnívoras evolucionaran gradualmente a herbívoras, realizando así la profecía de Isaías. Si pudiéramos traer el fin de la depredación por uno u otro de estos medios con un pequeño coste para nosotros mismos, ¿deberíamos hacerlo? Por supuesto, reconozco que sería imprudente intentar dichos cambios dado el estado actual de nuestros conocimientos científicos. Nuestra ignorancia de las ramificaciones potenciales de las intervenciones en el mundo natural permanece profunda. Los esfuerzos por eliminar ciertas especies y crear nuevas tendrían muchos efectos imprevisibles y potencialmente catastróficos.

Quizá uno de los escenarios más benignos es que la acción para reducir la depredación crearía un distopía maltusiana en el mundo animal, con tasas de nacimiento más altas entre los herbívoros, superpoblados, y recursos insuficientes para sostener las poblaciones más grandes. En lugar de ser matados rápidamente por depredadores, los miembros de las especies que una vez fueron presas morirían lenta y dolorosamente, y en un número mayor, de inanición y enfermedad. Pero nuestros implacables esfuerzos por incrementar la riqueza y el poder individual están ya produciendo cambios masivos y precipitados en el mundo natural. Muchos miles de especies animales han sido o están siendo llevados a la extinción como consecuencia indirecta de nuestras actividades. Sabiendo esto, hemos estado muy poco dispuestos hasta ahora a ni siquiera moderar nuestra rapacidad para mitigar estos efectos. Sin embargo, si nos dispusiéramos a ejercitar la moderación, es concebible que pudiéramos hacerlo de una manera más selectiva, favoreciendo la supervivencia de algunas especies sobre otras. La cuestión que entonces podría surgir es si modificar nuestras actividades de forma que favorezcamos la supervivencia de herbívoros sobre las especies carnívoras. Como mínimo, deberíamos ser claros en avanzar en los valores que deberían guiar dichas elecciones si surgieran, o si nuestro conocimiento científico avanza a un punto en el cual pudiéramos elegir eliminar, alterar o reemplazar ciertas especies con un alto grado de confianza en nuestras predicciones sobre los efectos a corto y largo plazo de nuestra acción. Más que continuar chocando con el mundo natural con imprudente indiferencia, deberíamos prepararnos ahora para ser capaces de actuar de manera prudente y deliberada cuando nuestra gama de posibilidades se expanda finalmente.

La sugerencia de considerar si debemos y cómo debemos ejercer el control sobre las perspectivas de las diferentes especies animales, quizá seleccionando eventualmente algunas para la extinción y otras para la supervivencia según nuestras morales, golpeará indudablemente a la mayoría de la gente como un ejemplo de hibris potencialmente trágica, de arrogancia a escala cósmica. La acusación más probablemente oída es que sería “jugar a ser Dios”, usurpando de manera impía prerrogativas que pertenecen a la deidad en exclusiva. Este ha sido un estribillo familiar en muchos ejemplos donde devotos de una u otra religión han buscado obstruir intentos de mitigar el sufrimiento humano, por ejemplo, introduciendo nuevas medicinas o prácticas médicas, permitiendo o incluso facilitando el suicidio, legalizando una práctica obligada de eutanasia, etc. Así que sería sorprendente que esta afirmación no fuera traída al servicio de oponerse asimismo a la reducción del sufrimiento entre animales. Pero hay, al menos, dos buenas respuestas a ella.

Una es que critica una acción deliberada y moralmente motivada en particular, mientras que implícitamente sanciona la acción moralmente neutral que previsiblemente tiene los mismos efectos mientras estos no se prevén. Se juega a ser Dios, por ejemplo, si se administra una inyección letal a un paciente por su propia petición para que acabe su agonía, pero no si se le da un analgésico muy inefectivo solamente para mitigar la agonía, sabiendo que lo matará como efecto secundario. Pero es difícil creer que alguna deidad que tenga respeto por sí misma quedara impresionada por la distinción. Si la primera acción usurpa prerrogativas divinas, la segunda también.

La segunda respuesta de la acusación de jugar a ser Dios es simple y decisiva. Es que no hay deidad cuyas prerrogativas podamos usurpar. En la medida en que estos asuntos le conciernen a cualquiera, nos importan solo a nosotros. Dado que es demasiado tarde para prevenir que la acción humana afecte a las posibilidades de supervivencia de muchas especies animales, deberíamos guiar y controlar los efectos de nuestra acción hasta el punto que podamos para dar lugar al resultado moralmente mejor, o menos malo, de los posibles.

Otra objeción igualmente no persuasiva a la sugerencia de que deberíamos eliminar el carnivorismo si pudiéramos hacerlo sin un gran trastorno ecológico es que iría “contra la Naturaleza”. Este eslogan tiene también una larga historia de despliegue en cruzadas para asegurar que las culturas humanas permanezcan primitivas. Y, al igual que la apelación a la soberanía de una deidad, presupone también una metafísica indefendible. La Naturaleza no es un agente con propósitos, y mucho menos un agente sabio. No hay razón para suponer que una especie tiene santidad especial simplemente porque surgió en el proceso natural de evolución.

Muchas personas creen que lo que sucede entre animales en la naturaleza no es nuestra responsabilidad, y, efectivamente, lo que hacen entre sí mismos no es de nuestra incumbencia. Tienen sus propias formas de vida, bastante diferentes de las nuestras, y no tenemos derecho a inmiscuirnos en ellas ni de imponer nuestros valores antropocéntricos sobre ellos.

Hay un elemento de verdad en este punto de vista: que nuestra razón moral para prevenir el daño del cual no seríamos responsables es más débil que nuestra razón en no causar daño. Nuestro deber principal con respecto a los animales es, por lo tanto, dejar de atormentarlos y matarlos como un medio para satisfacer nuestro deseo en degustar determinados sabores o en decorar nuestros cuerpos de cierta manera. Pero si el sufrimiento es malo para los animales cuando nosotros lo causamos, es también malo para ellos cuando otros animales lo causan. No es un prejuicio humano que el sufrimiento es malo para aquellos que lo experimentan, ni el esfuerzo por prevenir el sufrimiento de los animales salvajes es un intento moralista de vigilar el comportamiento de otros animales. Incluso si no estamos moralmente obligados a prevenir el sufrimiento entre animales en la naturaleza del cual no seamos responsables, tenemos un motivo moral para prevenirlo, al igual que tenemos un motivo moral general para prevenir el sufrimiento entre los seres humanos que es independiente tanto de la causa del sufrimiento como de nuestra relación con las víctimas. La principal fuerza de la permisibilidad de actuar bajo nuestra razón para prevenir el sufrimiento es que nuestra acción no debería producir efectos negativos peores que aquellos que deberíamos prevenir.

Esa es la cuestión central en relación con si deberíamos intentar eliminar el carnivorismo. Dado que la eliminación del carnivorismo requeriría la extinción de las especies carnívoras, o, al menos, su alteración genética radical, que podría ser equivalente a la extinción, bien podría ser que las pérdidas de valor fueran mayores que los supuestos beneficios. No solamente todas o la mayoría de especies animales son de algún valor instrumental, sino que es también discutible que todas las especies tengan un valor intrínseco. Como Ronald Dworkin ha observado, “tendemos a tratar a las distintas especies animales (aunque no a los individuos animales) como algo sagrado. Pensamos que es muy importante, y supone una considerable gasto económico, proteger de la destrucción a especies amenazadas”. Cuando Dworkin dice que las especies animales son sagradas, quiere decir que su existencia es buena de una manera que no necesita ser buena para nadie; ni es buena en el sentido de que sería mejor que hubiera más especies, de manera que tendríamos razones para crear nuevas si pudiéramos. “Pocas personas,” observa, “creen que el mundo sería peor si siempre hubiera habido menos especies de aves, y pocos pensarían que es importante diseñar nuevas especies de aves si fuera posible. Lo que creemos que es importante no es que haya un número particular de especies, sino que una especie de las que ahora existen no sea extinguida por nosotros”.

El valor intrínseco de la especie individual es, así, bastante distinto del valor de la diversidad de especies. Parece también derivarse de las afirmaciones de Dworkin que la pérdida incluida en la extinción de una especie existente no puede ser compensada de manera plena o quizá ni siquiera parcial por la llegada al mundo de una nueva especie.

La cuestión básica, entonces, parece ser un conflicto entre valores: la prevención del sufrimiento y la preservación de especies animales. Está relativamente aceptado que el sufrimiento es intrínsecamente malo para quienes lo experimentan, incluso si ocasionalmente es también bueno de manera instrumental para ellos, cuando tiene los efectos purificadores y redentores que los personajes de Dostoyevski ansían tan a menudo. Y está aceptado que la extinción de una especie animal es intrínsecamente mala por lo general. Es malo para los miembros individuales que mueren y malo para otros individuos y especies que dependen de la existencia de la especie para su propio bienestar o supervivencia. Pero la extinción de una especie animal no es necesariamente mala para sus miembros individuales.(Si se me permite caer en la ciencia-ficción, supón que un químico que indujera la esterilidad pero también extendiera su longevidad pudiera ser introducido en su provisión de comida.) Y la extinción de una especie carnívora podría ser instrumentalmente buena para todos aquellos animales que, de otra manera, habrían sido su presa. Ese simple hecho es precisamente el que plantea la cuestión de si sería bueno que las especies carnívoras se extinguieran.

El conflicto, por lo tanto, debe estar entre prevenir el sufrimiento y respetar el presunto carácter sagrado (o, como yo diría, el valor impersonal) de las especies carnívoras. De nuevo, la afirmación de que el sufrimiento es malo para aquellos que lo experimentan, y, por lo tanto, debería en general ser prevenido cuando fuera posible no puede ser seriamente puesta en duda. Pero la idea de que las especies animales individuales tienen valor en sí mismas es menos obvia. ¿Qué son las especies, después de todo? Según Darwin, “no son más que combinaciones artificiales hechas por conveniencia”. Son colecciones de individuos distinguidos por biólogos a lo largo del tiempo sin un punto claro de división, y algunas veces se separa incluso entre individuos contemporáneos, como en el caso de las especies anillo. No hay un criterio universalmente acordado para su individualización. En la práctica, el criterio invocado más comúnmente es la capacidad de cruzarse, pero sabemos bien que es imperfecto y que supone intransitividades de clasificación cuando se aplica a especies anillo. Ni ha sido explicado de manera satisfactoria por qué un tipo especial de valor debería ser inherente a una colección de individuos simplemente en virtud de su capacidad de producir crías fértiles. Si es bueno, como pienso que es, que la vida animal debería continuar, entonces es instrumentalmente bueno que algunos animales puedan reproducirse con otros. Pero no veo motivos para suponer que los burros, como grupo, tengan un valor impersonal de que las mulas carezcan.

Incluso si las especies animales tuvieran valor impersonal, no se derivaría que sean irreemplazables. Desde que los animales aparecieron primero en la Tierra, un número indefinido de especies se han extinguido mientras ha surgido un número indefinido de nuevas especies. Si la aparición de nuevas especies no pudiera compensar la extinción de otras, y si la Tierra no pudiera sostener de manera simultánea a todas las especies que han existido, parece que habría sido mejor que las primeras especies nunca se hubieran extinguido, con la consecuencia de que las últimas nunca habrían existido. Pero es probable que pocos de nosotros, con la gran estima que tenemos de nuestra propia especie, abracemos esa implicación.

Por lo que aquí es donde el tema va más lejos. Sería bueno prevenir el enorme sufrimiento y las incontables muertes violentas causadas por la depredación. Hay, por lo tanto, una razón para pensar que sería instrumentalmente bueno que las especies animales depredadoras se extinguieran y fueran reemplazadas por nuevas especies herbívoras, siempre que esto pueda ocurrir sin un trastorno ecológico que suponga más daño del que se prevenga con el fin de la depredación. La afirmación de que las especies animales existentes son sagradas o irreemplazables está subvertida por la irrelevancia moral del criterio para individualizar las especies animales. Estoy inclinado, por lo tanto, a asumir la conclusión herética de que tenemos motivos para desear la extinción de todas las especies carnívoras, y espero el destino habitual de los herejes dado que este artículo está abierto a comentarios.