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La teoría del mono asesino (Pablo Briand, junio 2009)

En el mítico film "2001, Odisea del Espacio" (1968, dirigida por Stanley Kubrik y guión de Arthur Clarke) hay una famosa escena en la que un primate-humanoide de una manada toma un hueso de un animal muerto y con él amenaza a los primates de la otra manada, que se quedan mirándolo, posiblemente sin entender el peligro. El que toma el hueso en sus manos y lo agita en el aire como arma amenazante ha avanzado un paso en las relaciones de dominio: ha razonado que, a partir de ese momento, dominará a los de la otra manada, pues tiene el poder de matarlos. Este sería, entonces, un momento simbólico y de gran significación en la historia humana.

Robert Ardrey (1908-1980) fue un guionista de cine y escritor de divulgación científica que nació en Chicago, Illinois en 1908 y murió en Sudáfrica en 1980. Se dedicó a la divulgación científica especialmente en las áreas de antropología, paleoantropología, etología y evolución humana. En 1961 publicó su libro African Genesis; A personal investigation into the animal origins and nature of man. Su trabajo estaba basado en una polémica y controvertida teoría expuesta en la década del 50 por Raymond Dart (1893-1988), un antropólogo australiano que fue el primero en descubrir el cráneo de un Australopitecus Africanus.

Si bien esta teoría no está totalmente aceptada hoy por la comunidad de antropólogos, sus postulados refieren a que los rasgos de violencia e instintos agresivos del ser humano son herencia de la línea de predadores asesinos de la cual descendemos; la que se ha impuesto sobre los más pacíficos, exterminándolos. Es decir, somos los descendientes del linaje triunfante, el que pudo imponerse a todos los demás. No está lejos de la historia bíblica de Caín y Abel, dado que según ella, descenderíamos del hermano asesino que exterminó al hermano más pacífico.




"Do the evolution", cancion perteneciente al grupo Pearl Jam (Link)


Según Dart, los pasos que llevaron a la evolución del ser humano, han sido el crecimiento del tamaño de la masa cerebral, la adquisición del lenguaje y la bipedestación. Una vez que algunos primates pudieron erguirse y no necesitar más las manos para caminar, el siguiente paso importante fue la oposición del pulgar a la palma de la mano: esto le permitió manejar herramientas, y también armas agresivas. O sea, superó en recursos al resto de su especie. Dart identifica a los "proto-humanos" líderes, entonces, como carnívoros, capaces de cazar grandes animales, y posiblemente, caníbales. Esta sería la línea que logra las mejores condiciones de supervivencia, la alimentación con más proteínas, lo cual hace a su vez a su descendencia más fuertes, la mejor defensa de sus territorios y el más seguro cuidado de sus crías. Para conservar estas condiciones, aparte del desarrollo de la capacidad de razonamiento y el nacimiento de la conciencia de sí mismo, es necesaria una gran agresividad que les permita siempre imponer sus condiciones ante las de los demás.

Según las propias palabras de Robert Ardrey en African Genesis:

"El hombre ha emergido de su trasfondo de antropoides por una sola razón: porque fue un asesino". "...Con su transición predatoria, (de antropoide a hombre), y el establecimiento del uso de las armas explicada por Dart en su historia sangrienta, su agresión eterna, su irracionalidad, su impulso auto-destructivo de matar por matar, que no se ve en otra especie animal"..."Ese destacable asesino, el Australopitecus Africanus, el último animal antes del hombre, nuestro directo antecesor, un predador con instinto de matar y una afinidad genética y cultural con las armas"..."Concluir que la obsesión humana por adquirir status social y posesiones materiales no está relacionada con los instintos animales de dominio y territorio sería enviar las nociones de la evolución a un punto muerto"..."Si la pelea es solamente entre individuos, entonces las cualidades de misericordia y altruísmo no contribuirán en nada al éxito del competidor, pero si la pelea es entre sociedades, entonces el miembro de la tribu exitosa debe desarrollar dos respuestas emocionales: amistad y cooperación reservada para los miembros de su sociedad, y hostilidad y enemistad para los enemigos de la tribu oponente"..."Ningún hombre puede reclamar el camino de la guerra como algo bueno; éste, simplemente ha sido nuestro camino. Ningún hombre puede evaluar la eterna lucha armada sino como el gasto y la tontería más erróneos. Estos han sido simplemente nuestros medios de siempre para finalizar lo que arbitramos. Cualquier hombre puede sugerir razonables alternativas al uso de las armas. Pero no somos criaturas tan razonables, excepto bajo nuestra propia mirada" (...) "Las armas superiores, a través de la historia de la especie, han sido el sueño central de la humanidad, necesitando de esa lucha, necesitando del sueño de la lucha armada. El ser humano está parado en un oscuro umbral del cual las especies difícilmente retornan"..."Somos una especie en transición, sin duda. Pioneros testeando las potencialidades del crecimiento de un cerebro. Y si no nos portamos muy mal, entonces transmitiremos el poder del pensamiento, un día, a las especies descendientes que puedan contarlo como una parte de sus dotes animales. Ellos, no nosotros, podrán encontrar reinos en su fortaleza." Robert Ardrey, African Genesis

Toda una hipótesis polémica, controversial, sin duda. Sacude por la crudeza de su exposición. Pero sólo nos sacude por nuestra visión homocéntrica que no nos permite tomar conciencia de la verdad de nuestras tendencias y nuestros orígenes. Usamos el término "humanos" para definir algo bueno, altruísta. Y el término "animal" para definir algo salvaje. Pues, no hay ningún animal que se suicide y mate a toda su familia en un acto de irracionalidad, como ocurre entre los humanos. A su vez, entre los animales se pueden observar muchas conductas altruístas y cooperativas. Si no nos despojamos de nuestro antropocentrismo miope -incluso en el lenguaje-, no podremos jamás tomar conciencia de en qué fallamos como especie, y qué deberíamos corregir.

Estos temas han sido desarrollados por autores, también como el etólogo Konrad Lorenz (1903-1989), Sobre la Agresión (1966) y el psicólogo alemán Erich Fromm (1900-1980), Anatomía de la destructividad humana en 1973. Si estamos de acuerdo o no con estas postulaciones, si podemos filosóficamente incorporar estos argumentos como teoría, es materia de discusión. Lo que no podemos negar es que si la solución al eterno problema de la agresión humana es un punto de reflexión donde se entienda que la cooperación mutua es mejor negocio que la destrucción de los otros, al asumir ese punto de reflexión, habremos dado otro paso adelante en la evolución de nuestra especie.


Fuente: genbriand.com.ar - La teoría del mono asesino




NOTAS

RespuestasVeganas.Org: La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente que se compartan todas y cada una de las cuestiones expresadas en el mismo; sin embargo, consideramos interesante su publicación.

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El concepto de hegemonía cultural en la lucha revolucionaria (Federico Polleri, 2003)

En el siguiente artículo Federico Polleri analiza cómo las élites que controlan el poder crean una hegemonía cultural mediante la que moldean el pensamiento de la población en general.

La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente estar de acuerdo con todas y cada una de las ideas expresadas por su autor; sin embargo, considero interesante su publicación por la aportación que puede hacer al movimiento abolicionista por los Derechos Animales (derecho a la salud y a la vida).


El concepto de Hegemonía, en la definición tradicional, refiere a la dirección política o dominación especialmente en las relaciones entre los Estados. El marxismo amplió esta definición a la dirección o dominación entre las clases sociales, y es Antonio Gramsci, quien profundiza el desarrollo de este concepto, tanto que puede considerarse un punto crítico en el desarrollo no solo de su obra sino de toda la teoría cultural marxista.

Gramsci distingue entre dominio y hegemonía, entendiendo al primero expresado en formas directamente políticas y, en tiempos de crisis, coercitivas, y al segundo, la hegemonía, como una expresión de la dominación, pero desde un "complejo entrecruzamiento de fuerzas políticas, sociales y culturales". Para Raymond Williams, intelectual marxista de origen galés, que ha hecho maravillosos aportes a la creación de una teoría crítica de la cultura, la hegemonía es esto, o "las fuerzas activas sociales y culturales que constituyen sus elementos necesarios"(1).

Williams define a una cultura como un "proceso social total", y plantea que la hegemonía va más allá que el concepto de cultura porque relaciona a este proceso con las distribuciones específicas del poder.

De esta manera el concepto de hegemonía cultural revoluciona la forma de entender la dominación y la subordinación en las sociedades actuales. Si bien es cierto que los que detentan la dominación material son también los que ejercen la dominación espiritual, lo que resulta decisivo no es solamente el sistema consciente de creencias, significados y valores impuestos, es decir la ideología dominante, sino todo el proceso social vivido, organizado prácticamente por estos valores y creencias específicos.

La ideología constituye un sistema de significados, valores y creencias relativamente formal y articulado, que conforma una concepción universal o una perspectiva de clase. En el proceso de "imposición" de esta ideología, la conciencia relativamente heterogénea, confusa, incompleta o inarticulada de los hombres es atropellada en nombre de este sistema decisivo y generalizado. Plantea Williams que:

"en una perspectiva más general, esta acepción de "una ideología" se aplica por medios abstractos a la verdadera conciencia tanto de las clases dominantes como de las clases subordinadas. Una clase dominante tiene esta ideología en formas simples y relativamente puras. Una clase subordinada, en cierto sentido, no tiene sino esta ideología como su conciencia (...) o en otro sentido, esta ideología se ha impuesto sobre su conciencia -que de otro modo sería diferente- que debe luchar para sostenerse o para desarrollarse contra la ideología de la clase dominante".

Habitualmente el concepto de hegemonía se vincula a estas definiciones, sin embargo, debe diferenciarse en lo que refiere a su negativa a igualar la conciencia con el sistema formal articulado que es la ideología. Esto no excluye los significados, valores y creencias que propaga la clase dominante, pero no se iguala con la conciencia, no se reduce la conciencia a la ideología dominante, sino que:

"comprende las relaciones de dominación y subordinación según sus configuraciones asumidas como conciencia práctica, como una saturación efectiva del proceso de la vida en su totalidad; no solamente de la actividad económica y política, no solamente de la actividad social manifiesta, sino de toda la esencia de las identidades y las relaciones vividas a una profundidad tal que las presiones y límites de lo que puede ser considerado en última instancia un sistema cultural, político y económico nos dan la impresión a la mayoría de nosotros de ser las presiones y límites de la simple experiencia y del sentido común".

Y quizás la experiencia histórica del llamado "socialismo real", sea una muestra práctica de la incomprensión de la profundidad de los procesos hegemónicos. Si la Unión Soviética hubiese sido capaz de construir una hegemonía cultural alternativa a la que se intentó desplazar con la revolución de octubre, en lugar de atenerse a imponer una nueva ideología dominante, seguramente otra hubiese sido la historia.

En este sentido la hegemonía no es solamente el nivel superior articulado de ideología y sus formas de control y dominio, sino que esta constituye todo un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida: nuestros sentidos y dosis de energía, las percepciones definidas que tenemos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. La hegemonía cultural es entonces un "sentido de la realidad". Tanto que Williams llega a afirmar que:

"en el sentido más firme, es una cultura, pero una cultura que debe ser considerada asimismo como la vívida dominación y subordinación de clases particulares".

Dos ventajas se desprenden de la utilización práctica del concepto: En primer lugar, la incorporación del problema de la hegemonía cultural para el análisis de las sociedades actuales y sus formas de dominación, está más a tono con los procesos normales de organización y control social que hoy vivimos. Mucho más que lecturas que aún se sujetan a hacer mecánicos paralelismos entre nuestra realidad y la de situaciones geográficas e históricas muy distantes a nosotros, en general en fases de desarrollo de las tecnologías de la dominación más simples y primitivas. Basta con echar un vistazo a las variadas lecturas que la izquierda hizo de los significados del 19 y 20 de diciembre de 2001 y de todo el proceso de recomposición del poder hasta nuestros días, para dar cuenta de la importancia de mejorar las herramientas conceptuales con las que analizamos los procesos políticos (recordemos que hubo quienes creyeron ver el febrero ruso en el diciembre argentino).

Cuando Gramsci insiste en la necesidad de la creación de una hegemonía alternativa, y desarrolla su idea del pase de la guerra de maniobras a la guerra de posiciones, está entendiendo que con el desarrollo de las sociedades no se podía seguir con las mismas formas de lucha. La incorporación del concepto de hegemonía cultural al análisis político conduce a un "sentido de la actividad revolucionaria mucho más profundo y activo que en el caso de los esquemas persistentemente abstractos derivados de situaciones históricas sumamente diferentes".

En segundo lugar, la apropiación de este concepto, implica un modo completamente diferente de pensar y comprender la actividad cultural como tradición y como práctica. Desde esta perspectiva, el trabajo y la actividad cultural no constituyen de manera habitual una superestructura. No sólo por la minuciosidad y profundidad con la que se vive una hegemonía cultural, sino porque la tradición y la práctica cultural pasan a ser comprendidas como algo más que expresiones superestructurales de una base económica y social determinada. Por el contrario, ahora se hallan entre los procesos básicos de la propia formación, y vinculadas a un área de realidad mucho mayor que las abstracciones de la experiencia económica. El pueblo utiliza sus recursos físicos y materiales en lo que una sociedad define como "ocio", "entretenimiento" y "arte". Desde esta óptica, todas estas experiencias y prácticas culturales, que integran una parte importante de la realidad de una sociedad y de su producción cultural, pueden ser comprendidas tal como son, es decir, sin ser reducidas a otras categorías y sin la característica tensión necesaria para encuadrarlas como reflejos o mediaciones dentro de otras relaciones políticas y económicas determinadamente manifiestas. Y a su vez, esta perspectiva conceptual nos permite, aún cuando no reducimos estas manifestaciones a una superestructura, seguir considerándolas como elementos de una hegemonía.

Advierte Williams los riesgos de llevar el concepto de hegemonía a una "totalización abstracta". Si bien el concepto debe tener una tendencia totalizadora, la abstracción de esto puede llevarnos a una utilización errónea en la práctica. Una hegemonía existente es siempre un proceso, nunca algo estático, inmóvil o inmodificable. "Es un complejo efectivo de experiencias, relaciones y actividades que tiene limites y presiones específicas y cambiantes". Y por otra parte, nunca se da de modo pasivo como sistema de dominación: es continuamente renovado, recreado, defendido y modificado. Así como también es continuamente, resistido, limitado alterado desafiado por presiones que no le son propias. Es por esto que, pegado al concepto de hegemonía, encontramos al de contrahegemonía y al de hegemonía alternativa.

Desde un sentido político y cultural, la realidad de toda hegemonía es que, mientras por definición es siempre dominante, nunca lo es de modo absoluto o exclusivo. En todo momento las formas de oposición o alternativa de la cultura y la política constituyen elementos significativos de la relación de fuerzas general de la sociedad, entendiendo lo alternativo u opuesto como formas que han tenido un efecto decisivo en el propio proceso hegemónico.

"Una hegemonía estática -dice Williams- del tipo indicado por las abstractas definiciones totalizadoras de una "ideología" o una "concepción del mundo" dominante, puede ignorar o aislar tales alternativas y tal oposición; pero en la medida en que estas son significativas, la función hegemónica decisiva es controlarlas, transformarlas o incluso incorporarlas".

Al reconocer esto, es necesario comprender que es un reduccionismo incorporar a todas las iniciativas o prácticas culturales a los términos que plantea la hegemonía dada. Y en esto se diferencia de la superestructura, no todo lo que produce y crea el hombre está integrado a la hegemonía, muchas manifestaciones culturales alternativas se mantienen al margen o se hallan en oposición a la hegemonía, aún sufriendo sus límites y presiones.

Por tanto, "la parte más difícil e interesante de todo análisis cultural, en las sociedades complejas, es la que procura entender lo hegemónico en sus procesos activos y formativos, pero también en sus procesos de transformación. Las obras de arte, debido a su carácter fundamental y general, son con frecuencia especialmente importantes como fuentes de esta compleja evidencia".

¿Cuál es el lugar que ocupa entonces la cultura alternativa, de oposición o contracultura? Puede decirse que todas o casi todas las iniciativas y contribuciones, aún cuando sean manifiestamente alternativas o de oposición, en la práctica se hallan vinculadas a lo hegemónico. He aquí la profundidad de la hegemonía cultural. Para decirlo más simple: la cultura dominante produce y limita a la vez sus propias formas de contracultura.

De todas formas, y aún asumiendo la profundidad de las hegemonías culturales, sería un gran error descuidar la importancia de las manifestaciones culturales que, aunque se encuentren afectadas por los límites y las presiones hegemónicas, constituyen -al menos en parte- rupturas significativas y aún cuando pueden -también en parte- ser incorporadas o neutralizadas, en lo que refiere a sus elementos más activos pueden mantener su independencia y originalidad.

Los desafíos para la cultura revolucionaria son inmensos, la hegemonía cultural instalada en nuestra sociedad tiene bases muy firmes y gran capacidad de renovación. El desarrollo de la estrategia de poder popular nos desafía a potenciar los embriones de contrahegemonía, a construir una poderosa hegemonía alternativa que le permita al bloque popular en formación convertirse en un bloque potencialmente hegemónico. Y aquí nos topamos con una paradoja: para que los esfuerzos populares, nuestras luchas, nuestras experiencias, sean cristalizadas en una hegemonía alternativa del campo popular, es decir, en la constitución de un nuevo bloque histórico, nuestro pueblo necesita de una fuerza política alternativa que sea expresión del pueblo y de los movimientos sociales en la lucha por construir un poder popular. Es decir: la lucha por la construcción de una hegemonía cultural alternativa, no se define exclusivamente en el terreno de la batalla cultural, sino fundamentalmente en el campo de la construcción política. La lucha política, la lucha por el poder, es un complejo proceso histórico en donde el entrecruzamiento de fuerzas sociales, políticas y culturales transformadoras, debe hacer nacer un sistema de fuerzas capaz de oponer alternativa en todos los terrenos en donde el bloque dominante realiza su hegemonía. Saber dirigir los esfuerzos en este sentido, en cada momento político, en cada terreno en el que se manifiesta la lucha, es el desafío intelectual y práctico más importante que tenemos las organizaciones con vocación revolucionaria.


Fuente: gramsci.org.ar - La hegemonía cultural



NOTAS

La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente que se compartan todas y cada una de las cuestiones expresadas en el mismo; sin embargo, consideramos interesante su publicación por la aportación que puede hacer a la causa del movimiento abolicionista por los Derechos Animales.

El 10/08/2010, con motivo del los dos años de funcionamiento de RespuestasVeganas.Org, este proyecto creó el término "interveganismo" y se adherió a él. El interveganismo añade el idioma esperanto y símbolos de unión cultural al veganismo ético, elementos necesarios para que el veganismo no sea visto como una subcultura de las culturas predominantes sino como una cultura independiente, como un pueblo, como una nación cultural sin territorio.

(1) Todas las citas de este artículo pertenecen a R. W. y fueron extraídas del libro Marxismo y Literatura, Buenos Aires: Editorial Península/Biblos, 1977.

BIBLIOGRAFÍA

- Raymond Williams, Marxismo y Literatura, Buenos Aires: Editorial Península/Biblos, 1977.
- Raymond Williams, Palabras Clave. Un vocabulario de la cultura y la sociedad, 1ª ed. – Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 2003.
- Antonio Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el Estado moderno, – 1ª ed. – Buenos Aires: Ediciones Nueva visión, 2003.
- Antonio Gramsci, El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 2003.
- Antonio Gramsci, Los intelectuales y la organización de la cultura, Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 2003.